Voy todos los días al encuentro de mi propia voz, aunque muy bien sepa que jamás la voy a hallar, que jamás podré despercudirme de tanta regla y tanta influencia y de tantos profesores que me fueron delineando. Voy, y eso ya es todo, aunque todo sea nada, como decía Luis Eduardo Aute. Voy, y descubro con cada paso una verdad, más allá de que con el segundo paso la borre, y con el tercero, la cambie. Voy, y escribo una letra y la retiño, y tras esa letra escribo otras que forman una palabra, y esa palabra me lleva a una frase, y esa frase, a otras y a un párrafo. Y luego lo borro todo porque recuerdo alguna norma, y me aferro a esa norma por unos minutos. Como fantasmas, los académicos que me inocularon esa y miles de normas me señalan y me condenan. Y como fantasmas superpuestos, los antiguos rebeldes me imploran que rompa, que no les haga caso, que los olvide, que siga buscando mi voz, que las rebeliones se inician y deben iniciarse con el lenguaje.
Entonces maldigo las normas y las quemo, una por una, y empiezo de nuevo con una letra y una palabra, que me llevarán a otras. Maldigo la homogeneización, maldigo lo establecido, maldigo a aquellos que todo lo saben, y me agarro con uñas y dientes de la lógica, y esa lógica me dice, me grita, que mi voz debe ser una manifestación de quien soy, y quien soy es el resultado de cientos de miles de hechos, palabras, historias, dudas, mentiras y verdades, imágenes, canciones, conversaciones, amores y desamores, dolores y euforias, vehemencia, miedo y valentía. Voy todos los días al encuentro de mi propia voz, sabiendo que esa voz debe ser única, como deberían serlo todas las voces. Única y la más valiosa de la humanidad, aunque suene petulante. Única e irrepetible, aunque suene pedante. Única y difícil, pues al enterrar los manuales y sus condiciones, quedamos irremediablemente solos, y rindiéndonos cuentas sólo a nosotros.
Voy por mi voz, sin miedo a la página en blanco, convencido de que la única forma para encontrar esa voz es escribiendo, y que escribir empieza mucho antes de empezar a poner letras y palabras en una hoja. Voy por mi voz, obligado por mí mismo a ser consecuente con ella, a que actuar, ser y escribir vayan de la mano. Voy por mi voz, consciente de que esa voz no será ni mejor ni peor que otras, porque en últimas, así nos cueste admitirlo, no hay nada ni mejor ni peor. Entonces escribo: voy todos los días al encuentro de mi propia voz.