Un hombre, nada más que eso. Nada menos. Un hombre. Naturaleza humana. Naturaleza. Ni había pedido nacer ni le importaba vivir. Si lo hacía era por seguir sus instintos.
Tampoco le interesaban los demás hombres y sus leyes y su moral y sus dioses, su bien y su mal. Nada de eso existía para él. Alguna vez escribió que como hombre era naturaleza, y como naturaleza, lo que los otros llamaban bueno o malo no era más que esencia. Condición humana. Unos hombres como él lo iban a juzgar y a condenar. Qué derecho tenían, se preguntaba, más allá del que les habían dado otros hombres. Para él era natural robar si con un robo podía sobrevivir. Había preferido tomar a pedir, como decía una frase de la única canción que se había aprendido, “prefiero tomar a pedir”.
Tomó para que la vida transcurriera dentro de su cuerpo, instinto de supervivencia. Ahora lo juzgaban por ello. Lo acusaban, con razón, de haber sustraído unos billetes, que, como los juicios, eran una invención humana. Su juicio era una especie de pulso entre la ley del hombre y la ley de la vida. “Van a condenarme. Lo sé —dijo antes de la sentencia— porque esta condena, más que justicia, será la venganza de los hombres contra un simple sujeto que se ha negado a vivir como ustedes mismos lo han determinado, desde los siglos de los siglos. Les hiere que haya renunciado a sus designios. Pero su venganza, aunque ahora lo nieguen, es naturaleza humana, condición humana. Es parte de nosotros, por eso la acepto. Se disfraza de leyes, de justificaciones, de códigos y de justicia, como en este caso, pero en el fondo es venganza. Sólo eso”.
A Rafael Cruz un juez lo condenó a cinco años de prisión. Cuando leyó su veredicto, lo hizo en voz baja, como si hubiera pretendido excusarse con el acusado. Entendía que el señor Cruz no entrañaba un peligro físico para la sociedad, y que tenía mucha razón en lo que decía. Sin embargo, no podía admitirlo en un estrado, investido de justicia. Además debía acatar los códigos, el bien y el mal que los hombres habían creado para poder convivir.
Años más tarde, cumplida su pena, el señor Cruz fue a buscar al juez, que vivía de una modesta pensión en un modesto apartamento de Chapinero. Parecían dos sombras cuarteadas de un pasado muy lejano. Hablaron de la cárcel, de la justicia y de quienes impartían justicia, de los hombres y su verdadera esencia. Conversaron sobre el bien y el mal y sobre Raskolnikov, y estuvieron de acuerdo con que algunos hombres, como él, deberían poder impartir justicia por su cuenta y riesgo. “¿Y entonces usted por qué me condenó?”, preguntó el señor Cruz al final de la charla. “Porque fue a mí a quien usted le robó”.