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Nuestra versión de los hechos

01 de mayo de 2021 - 06:09 p. m.

Que cada quien escriba y deje para la posteridad su versión de los hechos, sus pensamientos, ojalá guiados por la razón y no por la conveniencia, y que transcriba su vida y sus sensaciones y que los demás nos llenemos de versiones y podamos elegir entra tantas verdades. Que cada quien tenga la voluntad, la fuerza y la disciplina para sentarse unas cuantas horas al día a escribir, todos los días si es posible, y que descorra todos los velos de lo que vivió y se desnude ante sí y se diga la verdad de lo que ocurrió, no la que hubiera querido que ocurriera, y menos, la que repitió durante tantos años para convencer a la gradería. Que vuelva a abrir sus viejas heridas, y que encuentre, letra tras letra, palabra a palabra, los motivos de esas heridas y que los comprenda y comprenda a quien lo hirió y si de verdad lo hirió, en lugar de juzgarlo y condenarlo.

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Que haya tantas versiones, y libros, películas, obras de teatro, pinturas y canciones como vidas, para que con semejante diversidad haya un contrapeso a la única verdad histórica de los eternamente vencedores. Que incluso podamos saber de mentiras, pues por sus mentiras también conocemos al otro, y las mentiras han hecho parte de la historia y de la vida de todos y seguirán siéndolo. Que cada testimonio lleve el sello de quien lo ofrezca, y que lo presente con sus palabras, sus imágenes, su ritmo, su pasado, su evolución y sus errores. Que el error nuestro de cada día hable de lo humanos que somos y que arroje pistas sobre nuestras tribulaciones, porque lo perfecto, de tan perfecto, de tan copiado de manuales e instrucciones, de tan aprendido, revisado y corregido, ni nos refleja ni es auténtico.

Que quepan en las bibliotecas todas esas voces, y que de una u otra manera esas voces nos convenzan de dejar las imposiciones para más tarde, siempre para más tarde. Que el para qué de nuestros relatos vaya más allá del premio y el adoctrinamiento, y más allá, mucho más allá de nuestro tiempo. Que cada quien sea un referente para el vecino y para aquel desconocido que sepa de su historia en unas cuantas décadas. Que nuestro testamento sea un inventario de momentos vividos y coleccionados, y que todos los días escudriñemos en nuestros recuerdos a quién y a qué le debemos un párrafo, una escena o una melodía, para que todos seamos parte de la Historia y entendamos que también, por ser parte de la Historia, somos responsables de ella.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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