Si me volvieras a escribir con tu letra y tus palabras años 50 y me enviaras siquiera una carta como aquellas de bordes azules y rojos y sellos, muchos sellos. Si me contaras un cuento sin fin, una historia interminable como la de Michael Ende, llena de duendes y de imposibles, de grutas y cascadas, y de falsas verdades, que en últimas, son las que nos hacen vivir, así no queramos aceptarlo. Si me recordaras con tus frases y tus propios recuerdos a aquel que fui, tan absurdamente convencido de que la humanidad hablaba y discutía y se enfrentaba por ideas, por verdades, por razones y no por conveniencias, como ocurre de un tiempo para acá. Tan iluso, sí, tan ingenuo, tan metido siempre en la piel de los vencidos, tan seguro de que un gesto de bondad llevaría a otro gesto de bondad, y a un tercero, y a multiplicarse hasta el infinito.
Si me volvieras a escribir, estoy convencido de que algunas de tus líneas se impregnarían en mí. Tus ideas, tus sueños, tus luchas, y por esas líneas, de vez en cuando yo podría ser tú y aprehenderte y comprenderte, y comprobar que puesto a aprender y a saber, aprendo y he aprendido más de lo distinto, de aquel que es totalmente diferente a mí, que del que piensa igual y camina igual y escribe igual, porque como alguna vez dijo un amigo, para dos iguales, uno viene sobrando, pero ya ves, cada día que pasa somos más iguales, más robots. Elegimos lo mismo para estar a la moda pues nos bombardean con lo mismo día y noche, día y noche, y por ese bombardeo ya perdimos hasta nuestra capacidad de elección y de valoración, que es como decir, nuestra libertad.
Si me volvieras a escribir con lo más serio de tus seriedades, que te confieso, a veces me parecían una fina muestra de humor, lograrías que por unas horas al menos dejara de sentirme como un número, una simple y productiva cifra, una medida de otra medida, porque solo con ver tus letras a mano deduciría que pensaste y elegiste cada palabra y que la plasmaste en una hoja que luego no podrías borrar, y menos, copiar y pegar. Si me escribieras, me llevarías de la mano a aquellos años en los que lo escrito, escrito quedaba, a aquellos tiempos de los amigos imaginarios, de jugar en la calle, de cumplir con la palabra dada, de intentar conciliar en vez de denunciar, de llevar serenatas a medianoche a quien jamás iba a corresponder a tu amor enloquecido, y de esperar semanas y meses a que llegara una carta como la que me gustaría que me volvieras a escribir.