Y nos declararon perturbados por preferir un café y una charla que nos trasladara de mundo, sobre un mundo con ascensos laborales, cargos, horarios y uniformes.
Nos declararon perturbados por sentarnos una mañana en la banca de un parque y desde ahí observar a quienes pasaban, con sus angustias y alegrías y en nuestra imaginación, en vez de ser productivos y cumplir con las metas impuestas. Nos declararon perturbados por repetir, como Dostoievski, que teníamos un proyecto, volvernos locos, en lugar de repetirnos y aprendernos de memoria el decálogo del buen empleado, del mejor padre y del perfecto marido.
Nos sentenciaron a la condena de la practicidad y nos acribillaron con una forma de amor, un estilo de vida, un matrimonio, una familia y miles de millones de Unos, y por momentos nos convencieron de que debíamos luchar por esos Unos y conseguirlos todos, compitiendo, empujando, acumulando, tasando, intrigando y colgando del ropero un letrero que dijera “El fin justifica los medios”, pero se olvidaron de que estábamos perturbados y nuestros Unos eran un momento, una sonrisa, un descubrimiento, un camino y que a escondidas habíamos colgado en el ropero un letrero que decía “Prefiero la infinitud del goce en un instante, a la eterna condena del hastío”: Charles Baudelaire.
Nos estigmatizaron como locos para que lo que dijéramos perdiera toda credibilidad y, en algunos casos, nos recluyeron en casas de reposo y regaron la noticia para que los demás perturbados escarmentaran, pero no advirtieron que de la perturbación nunca se regresa y que, a lo sumo, lo más civilizado que puede hacer un perturbado es disfrazarse de cordura, entreverarse con la masa y, desde ahí, jugar a lo establecido, rumiando venganzas. Nos acusaron de subversivos, de revoltosos y quienes obedecían órdenes superiores sin pensar, pues pensar era, es y será un peligro, nos anotaron en sus listas negras.
Nos recetaron pastillas para no soñar, como escribía Sabina, y nos suscribieron a los periódicos, revistas e informativos de sus noticias, de sus opiniones, de sus grandes personajes y de sus premios. Nos ofrecieron viajes y honores para que abjuráramos de nuestra fe en lo imposible y nos presentaron su orden en nuevas versiones para que nos matriculáramos en sus filas. Sin embargo, desde su practicidad y su afán por conseguir el poder para convertirnos en soldaditos de plomo, no lograron comprender que para un perturbado los soldaditos de plomo sólo existen para jugar.