Sobre esta última hoja de su manual de cordura, como lo llamo yo, y con lo poco de lápiz que me queda, he decidido escribrirle unas cuantas palabras a usted, señor doctor. Palabras, sólo palabras, que mientras uno las escribe cree, está seguro de que son trascendentales, de que cambiarán algo, aunque luego comprenda que no es así, y que tal vez ni siquiera sean leídas. Pero bueno, ese no es el asunto. El asunto esencial de esta carta es decirle que ya tomé la irrevocable decisión de renunciar a eso que usted y sus pares denominan inteligencia emocional. Es más, ni siquiera sé si quiera ser inteligente y en qué consista eso. He trabajado con usted, por usted y no sé por cuántas personas más, por llegar a esa meta que, hoy comprendo, me han impuesto. Y la verdad es que he renunciado.
He renunciado a ser práctico. No me interesa ser uno más de los que van por ahí, siguiendo al de adelante, rodeado de miles y millones de seres que caminan al mismo ritmo, van tras el mismo objetivo y sólo ven hacia un futuro, que en realidad, sólo es un futuro en cuento a tiempo. He renunciado a seguir sus lineamientos y los de su manual, y a vivir para medirme en cada acto. He renunciado a ser robot, y a dejar de ser humano, pues lo que usted pretende es que deje de ser humano. Que esconda mis emociones, que me arrepienta de mis impulsos, que asesine mis instintos, que me reprima. He renunciado a esta careta con sonrisa de imbécil que usted ha elaborado para mí. He renunciado a su felicidad y he optado por buscar la mía, que es, mire usted, dejar salir mis emociones, sobre todo eso.
Quiero, como decía Joaquín Sabina, que me devuelva mi depresión. Quiero explotar, soñar con que voy por la calle y de pronto estallo. Quiero seguir imaginando que los áulicos del poder y los advenedizos se desmoronan, como en las tiras cómicas, y quiero, también, soñar con el día en que nos rebelemos contra el sistema y nos quedemos en la casa, uno, dos, cinco días, y que el mundo se caiga a pedazos. Quiero cantar y bailar bajo un aguacero, chapotear, y recoger de un jardín la más salvaje de las flores. Quiero gritar y después, cuando la “autoridad” venga a detenerme por “eufórico”, porque la euforia quedará tipificada como delito en los nuevos códigos de la arbitrariedad policíaca, conversar con ese agente sobre las bondades de la euforia y convencerlo de que grite conmigo.