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Salsini

17 de marzo de 2012 - 08:00 p. m.

Ahora que usted me lo pregunta después de tantos años, 20, 30, le confesaré que todo aquello fue un juego. Oscuro, delictivo, pero juego al fin. Y así se inició.

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No había maldad en nosotros. Más bien, si lo prefiere, le diré que había miedo. Por eso jugábamos, por eso huíamos. La Vida, ¿ve?, esa Vida mayúscula y pesada que nos anunciaban los mayores nos daba pánico. No queríamos abrir esa puerta, no queríamos asumir una sola responsabilidad. Si teníamos dinero era para gastarlo en trago, si comíamos era para soportar las borracheras. Y así, usted comprenderá que estar en casa era poco menos que una pesadilla. Por eso jugábamos. Nos robábamos del armario de quién sabe quién abrigos largos y oscuros y camisas de corbata y corbatas también para ser un grupo, una familia como la de El Padrino. Todos unidos, leales hasta la muerte. Sin mujeres ni obligaciones. Sin conciencias. Libertad. Salsa, fiesta. Hasta un nombre nos pusimos, Salsini. “Siento que el mundo me oprime, pero yo lo venceré. Aunque se oponga el destino, yo siempre conquistaré”. Richie Ray y Bobby Cruz. Héctor Lavoe. “Tu amor es un periódico de ayer que nadie más procura ya leer”. Blades. “Pedro Navaja matón de esquina, quien a hierro mata a hierro termina”. Todo aquello nos fortalecía, pero era por fuera nada más, como todos, ¿no? Hasta a reuniones del M-19 fuimos, y allá conocimos a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés, a Vicente Feliú, a Virulo, que para nosotros eran los nombres de la revolución. “Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. Por ahí están todos esos discos. Rayados, con mil copas de aguardiente encima y otras tantas historias. Con ellos aprendimos que no queríamos ser como nos decían que debíamos ser, pero para demostrárnoslo nos faltaba algo. Un golpe. Un gran golpe que ni siquiera planeamos. Llegó solo, con aquella señora elegante vestida de pieles que bajaba por la calle 93 y había dejado en su carro una especie de maletín negro repleto de dólares. Cien, mil, 10 mil contamos. Una fortuna para seguir jugando a El Padrino y escabullirnos de la Vida.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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