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Seki

06 de enero de 2019 - 10:00 p. m.

En ocasiones, aquellas pocas veces en las que callaba, miraba hacia la nada como si un lejano misterio lo perturbara. Todo a su alrededor, entonces, se volvía silencio, aunque estuviera en el medio de una de las interminables fiestas que ofrecía en su apartamento en el barrio de Sears. Recordaría, quizá, historias de muchos años atrás, como cuando la federación yugoslava lo suspendió durante 18 meses por haber golpeado a un árbitro en un partido más de liga entre su equipo, el Crvena Zvezda, y el Rodnicki. El diario ABC, de Madrid, tituló su sanción a seis columnas, pues él, Dragoslav Sekularac, acababa de ser la figura excluyente del Mundial de Chile, 1962. Recordaría, quizá, que a finales de agosto del 71 un auto fantasma lo había golpeado, y él, a su vez, perdió el rumbo de su carro y se llevó por delante a una niña de 11 años. Fue el dolor más profundo de su vida.

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En ocasiones, incluso, lloraba, ya en las madrugadas y medio pasado de cervezas. Al día siguiente, como si nada hubiese ocurrido, volvía al fútbol, su fútbol, lo único que lograba sacarlo de la realidad. “Todo para Sekularac era fútbol. Hablaba de fútbol, teorizaba, relataba anécdotas, indicaba”, recordaba hace pocas semanas Miguel Ángel Rodríguez, uno de sus tantos compañeros de juego por aquellos primeros años 70. “Era un tipo especial, sin duda, dentro y fuera de la cancha, alegre, polémico, histriónico”. Rodríguez y Sekularac se conocieron en enero del 73, cuando el macedonio jugó la Copa Amistad del Sur del Olaya Herrera. El día que Alfonso Torres les soltó la noticia a sus jugadores, repicada luego en los diarios y la radio, todos quedaron perplejos. “Era como un sueño que una figura así jugara en el equipo”.

Sekularac llegaba a sus partidos con Fotorres como una estrella de rock, en un carro último modelo, perseguido por cientos y miles de fanáticos que querían tocarlo, hablarle, y rodeado por agentes de policía debidamente instruidos. Si algo le hubiera ocurrido, la noticia habría trascendido. Sin embargo, él, Seki, como lo llamaban, parecía ajeno a lo que provocaba. Le importaba el fútbol, jugar al fútbol. Por eso siempre fue puntual, y por eso, mientras se cambiaba en el parque del barrio, y en la medida en que pasaban los minutos, parecía sufrir de crecientes ataques de ansiedad. “Hablaba, se reía, daba órdenes, disponía la estrategia a seguir, como si él fuera el técnico”. Nadie lo interrumpía, nadie le desobedecía. El técnico por contrato, decían, era como un mono pintado en la pared. El dueño del fútbol era Dragoslav Sekularac.

Ya en la cancha sus estados de ánimo variaban de acuerdo con lo que ocurría. Si alguno de sus compañeros fingía una falta, por ejemplo, Sekularac lo insultaba. “Hijo de p…”, gritaba, los ojos saltones, las manos crispadas, su acento medio bárbaro medio español. Si le pegaban por detrás, hacía una mueca de fastidio y callaba. Después las cobraba, una por una y con superávit.

 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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