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Su otra vida

31 de mayo de 2014 - 10:00 p. m.

Quiso vivir la vida de otros, estar siempre en la otra orilla del puente. Pasó por disfraces que alquilaba, y por algunos que ella misma diseñaba y confeccionaba.

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Quiso venderse en la calle más peligrosa de Bogotá, pero la calle, incluso la calle, ya tenía dueños cuando ella apareció, unos tipos de cadena de oro que vigilaban y cobraban un porcentaje por cliente, y que amenazaban y no tenían problemas en golpear y matar si no les obedecían, o si creían que alguien les estaba birlando un par de pesos.

A ella le cortaron la cara una noche de viernes porque una de sus colegas le inventó un romance con un estudiante que jamás existió, y en el negocio del amor, el amor estaba prohibido. Por eso no pudo volver a la calle, jugar a ser quien no era. Quiso luego escribir y pintar, porque allí, en el escribir y pintar vivía otras vidas, se impregnaba de los personajes que ella hubiera querido ser, de los que odiaba, de los que le eran indiferentes, pero necesitaba, de los que amaba.

Su preferido fue un titiritero que inventaba historias en directo, ante un público al que no le cobraba, pues, decía, cobrar ensuciaba sus manos. Era indigno. Ella lo había creado a él, y él creaba otros mundos: una especie de ficción al cuadrado que se acabó un domingo en la mañana, cuando el titiritero decidió ignorar por el resto de sus días a Magdala, su creadora.

Muerta en vida, Magdala dejó de escribir y de pintar. Se refugió en los libros, pero como lectora, o como lectora primero, y luego, como decidida actora de esos libros, según leyó en uno de Enrique Vila Matas. Delirante y delirando, una noche, muy de noche ya, tomó al azar uno de los 23 libros que había logrado conseguir o comprar, y lo abrió en cualquier página para conocer el guion de los siguientes días de su vida.

Entonces se vistió con lo mejor de su ropero, se subió en los únicos zapatos de tacón alto que le quedaban y fue a la iglesia más cercana a confesarse con el cura que estuviera de turno. Entre mentiras y verdades, consiguió una bendición. “También me declaro culpable, padre —le dijo al final—, de haber permitido que usted abusara de mí cuando era niña y, sobre todo, de haberlo callado durante tantos años”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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