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Te necesito

02 de julio de 2016 - 01:10 p. m.

Y vamos por la vida arrastrando un infinito costal de necesidades innecesarias, y nos prendemos de la costumbre de hacernos necesarios, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Guardamos saberes e información para que los otros tengan que acudir a nuestro poder, efímero poder, poder mezquino, mezquina necesidad de mantener un trabajo, un amor, un prestigio. Nuestro lema es si yo lo sé, que nadie más lo sepa, para que mi saber sea mi arma. Con el saber, dominamos, y por dominar humillamos, si es necesario, pues en el fondo creemos que quien humilla lo sabe todo, lo tiene todo, lo puede todo. Con el saber nos convertimos en imprescindibles, o eso creemos, y buscando ese ser imprescindible, mentimos, acaparamos y nos disfrazamos y disfrazamos nuestro saber para que parezca único y nuestro, nuestro e infinito.

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Vamos por la vida arrastrando nuestro pasado, aquel día cualquiera, como casi todos los días, cuando comprobamos que tener algo que otro necesitaba era poseer un poder, un inmenso poder. Fue en una calle vacía con una pelota de fútbol. Un niño llegó con ella bajo el brazo, y todos nosotros, sus compañeros de clase, nos quedamos mudos y le abrimos paso y le sonreímos. Pusilánimes, lo palmeamos y lo adulamos y lo incluimos de primer titular, por supuesto, en el equipo de los duros, aunque él fuera y siguiera siendo una especie de armario andante, hasta que echó a rodar su balón y en medio del fútbol nos olvidamos de que él era el dueño de la pelota. Jugamos, peleamos, insultamos, lo insultamos, y nos fuimos cuando no quedaba nada de luz. Entonces el niño del balón se guardó la pelota bajo el brazo y volvió a ser el personaje más importante de nuestras vidas.

La historia se repitió una y otra vez, y una y otra vez nos fuimos quedando con esa amarga sensación de necesitar, y el niño del balón con el tiempo se convirtió en el hombre de los balones, o de los muebles, o de los perfumes y la moda, o de los carros y la tecnología, y comenzó a aliarse con otros hombres similares a él, y entre ellos nos bombardearon de necesidades y más necesidades que no necesitábamos. Nosotros ni siquiera nos preguntamos si eran indispensables. Sólo seguíamos y seguimos los mandatos, la publicidad, las herencias, lo que estaba y está mal y bien visto, e inmersos en ese tren sin freno, nos endeudamos y endeudamos a nuestros hijos, y cada deuda fue una nueva necesidad. Nos atiborramos de deudas y de necesidades, e incluso amamos por necesidad y nos aprendimos y cantamos estribillos que repiten y repetirán una y mil veces “te necesito”, hasta que esas dos palabras las volvimos sinónimo de “te amo”, y ese “te amo” lo convertimos en una necesidad.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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