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Testamento

04 de octubre de 2014 - 09:00 p. m.

Y mañana será una noche y de noche miraré hacia atrás, y como en una especie de inventario pondré puntos sobre aquellos sucesos que me marcaron.

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No muchos, la verdad, pese a lo que creía tiempo atrás. Rescataré diez o doce, o menos, y concluiré que en todos hubo más emoción que razón, más sentimiento que análisis, y que los miles de días que viví aferrado a las reglas, a la educación, a la ley y los horarios, a preservar el buen nombre y el legado de los ancestros, fueron miles de días que no existieron, días grises, unos iguales a los otros, el mismo vestido, el mismo camino, la rutina insoportable, obedecer y cumplir y no vivir. Ser fiel, ser decente, temer a Dios, ahorrar, comprar.

Comprenderé que el mejor y el peor, esos términos, esas calificaciones, fueron inventos interesados de los capitalistas y de los dueños del capitalismo para multiplicar su capital y quedarse con nuestros intereses y parte de nuestra poca fortuna, y que el mejor fue designado a dedo por ellos pues les servía con su servilismo, y el peor, también determinado por ellos, fue aquel que se atrevió a denunciarlos, a criticarlos, a gritar que no había mejores ni peores ni perdedores ni fracasados sino hombres, seres humanos nada más, distintos, únicos, irrepetibles pese a sus similitudes. Hombres y mujeres y niños que luchaban por defender su originalidad.

Ese mañana será un día cualquiera o una noche cualquiera. Ofreceré excusas para remedar a aquellos otros que mataron, robaron, golpearon, violaron, torturaron y censuraron, y luego, con gesto de arrepentimiento, pidieron perdón: “perdón por haberles matado a sus hijos, perdón por haberlos torturado, perdón por haberles acabado la vida, perdón”. Diré perdón, está bien, pero no olvido. Prohibido olvidar, añadiré y gritaré, si es que aún tengo fuerzas para gritar, porque olvidar ha sido, es y será otra de las armas de los de siempre. Que olvidemos lo que nos hicieron, que olvidemos que nos pisotearon, que olvidemos sus humillaciones y su explotación, sus vejaciones, sus mandamientos, sus creaciones, dios, el diablo y el infierno.

Por eso recordaré de nuevo a Ciorán cuando decía que el problema de Jesucristo había sido morir muy joven, y repetiré, casi con él, que si Jesús no tuvo tiempo para arrepentirse de su amor por los hombres, yo sí lo tuve, y de sobra.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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