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Un eterno descubrirse

22 de noviembre de 2014 - 05:58 p. m.

Un bus, los infinitos trancones, ella que miró hacia la calle para evadirlo, él que no la pudo ver y luego, en el paradero, la saludó porque iban hacia el mismo lugar.

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La dejó pasar primero y conversaron sobre los temas de rutina y la rutina, hasta que de pronto ella dijo “descubrirte” y él se quedó prendado de la palabra, del concepto y de la imagen, y en adelante, durante cinco o seis cuadras, las palabras de ella, sus pasos, los carros, el viento y la lluvia fueron sólo sonido ambiente. Descubrirte, dijo ella. Él se quedó conjugando el descubrir con la vida y con el amor, con los seres humanos, con los muertos, con algunos de los libros que había leído y con una que otra canción.

¿Y si tuviéramos que descubrir y qué descubrir en el otro?, murmuró. Ella preguntó si le hablaba. Él le respondió que no e hizo cara de no, pero volvió a murmurar: ¿Y si pudiéramos todos los días descubrir algo nuevo del otro? Se despidieron con formalismos. Él, con el más absoluto código de los formalismos, feliz tarde, que estés muy bien. Ella, algo asustada. Tal vez no estaba muy acostumbrada a que la gente hablara medio a solas por ahí. Él continuó con el descubrir adherido a su piel. Ella se escabulló. Dos días más tarde se volvieron a encontrar. Ella trató de escapar. Él le preguntó por qué había dicho aquello de descubrirte, pero ella no recordaba haber dicho nada de eso. O si lo había dicho, no se acordaba de la razón.

Igual, comenzaron a descubrirse y firmaron una especie de pacto tácito que los llevaría a despojarse de máscaras y armaduras para ser, cada uno con el otro, auténtico y valiente. El amor sólo sería un eterno amor si existía la posibilidad de conocer cada día algo del otro, y por lo mismo, algo propio. En el camino de descubrirse pasaron por traumas, complejos, miserias, aventuras y deseos y alegrías. No se callaron nada. Fueron capaces de mostrarse como eran y dejar algo para el día siguiente. Le hicieron un himno a la incertidumbre y comprendieron que aquella mañana en el bus no tenían ni idea de quiénes eran ni qué querían. Con los años se descubrieron en un cinco por ciento, o eso se decían, ilusionados por esa partícula de conocimiento que los esperaba cada día, y por los cientos de miles que les quedaban por encontrar.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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