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Un nombre proscrito

03 de agosto de 2013 - 05:00 p. m.

Pese a una vieja derrota de la que sólo habló una vez, don Gerson, como le decían, siguió con su tráfico de brujerías por muchos años.

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Barajas, yerbas, ungüentos, dijes, cadenas, libros, manuales… sus maletas eran una tienda ambulante de “soluciones”, y solucionaba el amor y el odio, el perdón, el dinero, el olvido, la suerte. 

Comenzó su carrera con el caso de una señora a la que había curado de infidelidades. Ella contó su versión, y la contó multiplicada, a cambio de unos cuantos miles de pesos que cada 15 días le pagaba su curador. Una entrevista en la radio municipal en la que dijo que los espíritus lo buscaban para que fuera su intérprete en el mundo de los vivos, y otro caso de sanación demoníaca, terminaron de encumbrarlo. De brujo de pueblo, don Gerson pasó a ser mentalista de la nación.

Un buen día abrió su oficina, que luego fueron dos y cinco y diez. Don Gerson tuvo que contratar gerente, contador, un subbrujo por cada sucursal y acabó por atender sólo a la gente importante. Gente de apellidos, de tradición, gente de viajes e idiomas, gente, en fin, que podría ubicarlo en el lugar que tanto anhelaba: la aristocracia. En un momento se creyó parte de aquella sociedad. Él trataba a aquellos altos señores y sanaba a sus mujeres. Hablaba bellezas de ellos, y los defendía cuando sus antiguos amigos del barrio le decían que lo estaban utilizando. Salía de cuando en cuando con algunos y brindaba con sus mismos vinos. Sin embargo, ni hablaba como ellos ni usaba los cubiertos como ellos ni se vestía como ellos, por más marcas que se pusiera encima. “Ni eres ni serás jamás como ellos”, le decían los amigos, pero él prefirió no escucharlos.

Una noche le negaron la entrada al Jockey Club. Esa fue su derrota más dolorosa. “Por esta puerta no ha entrado jamás alguien con ese nombre”, le dijo el recepcionista, con cierto desdén, y como escupiendo un infinito rencor de subordinación, agregó en voz baja: “es un nombre de arribista; poco castizo, poco elegante”. Ese día don Gerson comprendió que él era uno de los cientos de miles en el país que defendían a quienes los apartaban y humillaban, uno más de los que votaban por quienes los ofendían. “Fue un asunto de clase”, les explicó un día a quienes le preguntaron por qué había dejado de frecuentar a la aristocracia. “Y contra la alta clase no hay brujería que valga”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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