Pedro, lo llamaron desde niño. Pedro, como su padre y su abuelo y de ahí hacia atrás, quién sabe cuántos más.
Pedro para los regaños, para los mandados, para las voces autoritarias y las órdenes. Pedro, le dijeron luego, ya adolescente, en sus tiempos de servicio militar. El cadete Pedro, o Pedro, el 6357, Pedro el hachedepé o Pedro el pirobo. A él, Pedro siempre le sonó a catedral, a culpa, a deber. Por eso, decía y dijo y dice, tal vez por eso, comenzó a escribir cuentos en los que los Pedros detestables se multiplicaban. Así los mataba, o eso creía él. Y eran pusilánimes, vendidos, arrastrados, deshonestos y cobardes. Y eran dobles, triples, actores de poca monta, indignos incluso de sus propios odios, que era el peor defecto que él, Pedro, podía concebir.
Cuando quiso publicar su primer relato comenzó a firmar Pedro, pero ese Pedro, ahora escrito en letras de molde por él mismo, le produjo náuseas. Lo tachó y luego empezó a borrarlo, letra por letra. Lo habría escupido de buena gana. Sin embargo, se detuvo ante la P, y desde allí comenzó a ver una infinita serie de posibilidades. Pablo, Paco, Pascual, Patricio, Paolo, Parsifal, como la ópera de Wagner. El mundo, de pronto, volvió a ser inagotable. Su mundo. Firmó Parsifal pues no necesitaba apellidos y pensó en Fernando Pessoa, o soñó con ser Fernando Pessoa. En adelante, todos sus textos los firmó así, como Parsifal. Estudió literatura en la universidad, y pasado un tiempo logró que un periódico le publicara algunos cuentos y crónicas, con su foto incluida. Pedro pasó a ser un recuerdo.
Un día de elecciones, Parsifal se fue por su cuenta y riesgo a un pueblo en el que habían quemado las urnas, los votos, los registros y hasta varias cédulas de ciudadanía. Hubo enfrentamientos, redadas, golpes. Él cayó. Se lo llevaron a una comisaría y lo botaron dentro de una celda con otros varios insurrectos. Sobre la medianoche lo llamaron a declarar. Dijo que era periodista, que escribía para un diario nacional. “Pruebas, señor, pruebas, un carné, algo”, le gritaron. Él respondió que no tenía, que buscaran el periódico, que él había escrito el día anterior un cuento de identidades falsas firmado como Parsifal.