Llovía y Bogotá era ese exceso de felicidades programadas de la Navidad. Besos, fiestas y abrazos y algo de nostalgia en algunos.
“Déjenme reír para no llorar”, como cantaba Rubén Blades. Llovía. A las ocho en punto, la señora de Rosales comenzó a pedir un taxi para volver a su casa luego de una interminable Novena. Le costaba trabajo marcar los números, verlos. Le pesaba mantener el aparato en su hombro mientras una máquina le repetía la misma canción con idénticas mentiras sobre la efectividad del servicio de taxis, sobre la honorabilidad de los conductores, sobre la seguridad y la comodidad. Esperó una hora y veinte minutos, hasta que desde la portería del edifico donde estaba le anunciaron que había llegado el taxi.
Ella le pidió al portero que, por favor, le dijera al conductor que se demoraría unos dos minutos pues iba en muletas y el ascensor no funcionaba. “Sí, señora, no se preocupe”, le respondió don Jesús. Y ella bajó. Cada uno de los escalones de los tres pisos que tuvo que bajar fueron un martirio. Le dolía la pierna. le dolía el frío. Le dolía la lluvia. “Discúlpeme la tardanza”, le dijo al taxista y, a su modo, se acomodó en el asiento de atrás de un diminuto automóvil.
El taxista no le respondió. Encendió su carro, puso primera y partió hacia la 122 con 9ª. Las muletas de la señora de Rosales se cayeron. Ella se agarró de lo que pudo. En una curva quedó casi acostada. En otra se golpeó contra la puerta. “Señor, ¿podría ir con más cuidado, que hace poco me operaron de la clavícula?”, le imploró al conductor, que se detuvo en seco, la miró, revisó y le dijo: “En vez de un taxi, señora, usted debería pedir una ambulancia. Hasta acá llegamos”.