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Una frase, la vida

31 de enero de 2020 - 10:04 p. m.

Pongamos una frase, para que esa frase nos lleve a otra y a una más. Que sea nuestra frase, con nuestras vísceras, que es como decir, con todo lo que somos, lo que nos hizo ser ese remedo de humanos que se debaten entre vivir y ser vividos, y que más de lo que quisiéramos, terminan siendo vividos. Una frase. Cincuenta palabras. Nuestras palabras. Nuestro ritmo. Cero sinónimos, cero manuales, cero profesores y eminencias que nos digan cómo se escribe. Palabras barrio, frases calle. Nuestra memoria, esa memoria que hemos ido destruyendo de tanto copiar y pegar, muy a pesar de que la memoria sea uno de los temas de moda.

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Muramos en una frase y vivamos por una frase, y repitamos a los gritos las pocas frases que nos marcaron el camino para llegar a nuestra frase. Pongamos lo que somos, todo lo que somos, en unas cuantas palabras, y lo que tenemos y lo que querríamos ser, lo que perdimos, también lo que creímos olvidar, lo que odiamos, a los que odiamos y aquellos a los que amamos. Todo, sí. Nuestra desnudez y nuestras ropas, los harapos de siempre y la camisa por estrenar. Nuestra piel. Nuestras venas. Pongamos una frase en la que quepa nuestra vida y que sea nuestra vida, porque en una frase cabe una vida, aunque no lo creamos. Y si no cabe en una, cabrá en dos.

Pongamos una frase para que entre todos nos vayamos contagiando de frases. Frases de todos los colores y en todas las lenguas, frases de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, de arriba abajo y de abajo arriba. Frases en diagonal, si son nuestras. En alto y bajo relieve, reteñidas, sutiles, con tachones o con impecables letras de antes de la guerra. Pongamos una frase auténtica, que saque al papel la autenticidad que hace tanto tiempo perdimos, y seamos ahí políticamente incorrectos. Por lo menos ahí. Desahoguémonos. Escribamos lo que primero que se nos ocurra, sin medirnos, porque lo primero, lo espontáneo, suele ser lo más nuestro, lo verdaderamente nuestro y propio. Pongamos una frase que nos recuerde lo únicos que somos, lo irrepetibles y, en últimas, lo perecederos.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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