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Una simple máquina de escribir

07 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

Abrieron el antiquísimo baúl de los secretos un viernes santo, tal vez para provocar a los católicos a ultranza, y él, Mateo, fue el primero en subir las escaleras que llevaban al ático.

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Nervioso, feliz, un poco asustado, le había contado a una novia que nadie conocía en casa, que ese viernes iba por fin a develar el misterio de su familia, y le prometió, señal de la cruz incluida, que le relataría el lunes todos y cada uno de los detalles. Era una promesa de amor. Sagrada y pura. Inaplazable. Tras él iban sus padres, unas tías y algunos otros personajes cuyo parentesco era tan complejo que él prefería decirles primos, si eran de su edad, siete u ocho años, o tíos si le parecían adultos. La llave del baúl la tenía en una mano uno de ellos, él nunca supo por qué. Mateo jamás olvidó su rostro de enigma y trascendencia y sus ínfulas de personaje importante. Cuando llegaron al ático, le abrieron camino al señor de la llave en una especie de calle de honor que él recorrió sombrío.

Al final, se arrodilló ante el baúl, murmuró una frase que Mateo no comprendió e introdujo la llave en una cerradura. Le dio varias vueltas y le dio un golpe a la tapa en señal de victoria. Al levantarla, hizo un ademán de espantar espíritus y sacó un montón de cartas atadas con una cinta verde que fue repartiendo entre los mayores. Mateo se abalanzó sobre el cofre ignorando los gritos de sus parientes, que él supuso eran gritos contra él, pero nadie lo iba a hacer desistir de su búsqueda. Sacó unos cubiertos muy pesados, unas tazas de porcelana envueltas en papel periódico, “esos viejos papeles en los que los antiguos se informaban”, como diría tiempo después; una caja repleta de anillos, collares, aretes y demás, otros papeles sueltos marcados a mano, y se topó con una inmensa y pesada máquina de escribir que no pudo levantar. Cuando por fin sus primos le ayudaron a cargarla, él le quitó un forro azul oscuro y descubrió las teclas, desnudas, gastadas, demasiado duras. Indignado, se dio vuelta y le preguntó a su padre: “¿Y la pantalla?”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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