Ella por fin se había atrevido a pactar una cita clandestina con un hombre. Él llegó en busca de una mujer a la que jamás había visto para conversar sobre sus pinturas y una posible exposición.
Ella aguardaba mientras tomaba café, veía hacia lo lejos, imaginaba a su futuro amante y repasaba sus conversaciones para sacar algunas conclusiones. Él llegó cinco minutos después de lo acordado, apresurado y atafagado con algunas carpetas que se le enredaban con el abrigo. Miró a su alrededor y se acercó a la mujer del café. Le preguntó si era Catalina, pero ella entendió Katerina, respondió que sí y lo invitó a sentarse. ¿Llevas mucho tiempo acá?, preguntó él. No, no, cinco minutos a lo sumo, contestó ella. Armando, mucho gusto, dijo él, pero ella entendió Hernando. Sonrieron, se miraron casi con permiso, murmuraron cualquier cosa al unísono y volvieron a sonreír.
Hasta que por fin nos conocimos, dijo él. Ella asintió y le comentó que se lo había imaginado como era. ¿Tal cual? Sí, exacto. Tú, en cambio, eres algo distinta ¿Me imaginabas muy bruja? Si te hubiera imaginado tan bruja, no habría venido. Ah, entonces soy más bruja. Tal vez eres más bruja, no lo sé aún, pero sí eres más bella. Él pidió dos cafés y le preguntó si le molestaba que fumara. Ella dijo no y señaló las carpetas como con signo de interrogación. Él las puso sobre la mesa y sacó sus dibujos. Ella comenzó a extrañarse, porque en sus mensajes y mails él jamás había insinuado siquiera que pintara, pero no dijo nada porque la intriga era parte del juego, y además, le gustaban los dibujos, que según pasaban los folios iban de bocetos a cuerpos, y luego a muchos cuerpos entrelazados y confundidos. ¿Y tú eres alguno de eso personajes?, pregunto ella. Soy uno y todos y ninguno, le contestó él, recorriendo los trazos de sus figuras con la yema de los dedos.
¿Y yo podría también ser uno de esos cuerpos?, preguntó ella, consciente de que había abierto una peligrosa puerta que ya no podría cerrar. Yo no pinto brujas, le dijo él, sonriente, mientras sacaba un lápiz y en una hoja blanca comenzaba a dibujarla. Ella hizo cara de bruja. Él le preguntó si quería que la dibujara de otra forma y en otro lugar. Ella se demoró en responderle, sólo por jugar, llevada un poco por los ancestrales consejos de su madre y sus abuelas y tías de hacerse la difícil. Tardó tanto, que entre su silencio y su mirada que decía, gritaba que sí, se acercó un hombre y le preguntó si ella era Katerina. Ella se quedó estupefacta. El hombre se presentó como Hernando y le ofreció mil excusas por haber llegado tarde a la cita.