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Vida

03 de septiembre de 2011 - 06:00 p. m.

El viento silbaba. La noche era cada vez más oscura. Un matorral se movió, una sombra salió por sus raíces.

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Sofía armó un tabaco, pero se quedó con él en la mano: todo parecía tan dormido que el ruido de un fósforo sería un estruendo y ella no quería que nadie preguntara o hablara. No obstante, una voz habló. Debe ser mi propia voz que huyó, ya ni querrá estar a mi lado y soportar tanta soledad, dijo. Sonrió. Se animó unos segundos. Vio una sombra blanca pasar detrás de unos árboles. Se acercó. Escuchó un gemido opaco. Tras un muro vio a una mujer acurrucada, el pelo largo y negro, las manos entrelazadas. Mija, mija, murmuró. La negra se asustó. Virgen del agarradero, ampárame, gritó, con los ojos muy abiertos, recostándose hacia atrás. Tranquila, no te asustes, sólo vine a ver si ocurría algo. Blanca, es usté, perdone. Sí, soy yo, Sofía de León, y tú… Emelina de las Cruces pa servila, blanca, respondió la negra. ¿Estás mal? No es na, es la vida, na má que la vida. La vida, qué raro, ¿te has dado cuenta de que la vida es femenina? Tiene razón, blanca, la vida es mujé, no lo había pensao. Se dijeron tantas cosas que todas las penumbras pasaron. La vida es una mujer, caprichosa, cargada de incertidumbres, de rencores, amarguras y dulzura, tan mujer y tan vida que es quien da la vida y hasta un chocolate suizo cada doce días para que no pierdas del todo la ilusión, una hembra que va o vuelve según sus sensaciones. No, no era exacto, no es exacto, dijo Sofía, porque las mujeres siempre sabemos qué queremos en el fondo, aunque luego, en el camino, pareciera que nos perdemos.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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