Suelo quedarme horas mirando el lomo de los libros, su grosor, el color, la textura, y en cada libro imagino cientos de personajes, y en cada personaje, una historia de amores, de odios, de guerras, de traiciones y envidias, pero en lo que más pienso es en los autores de esos libros, y mientras más pienso en ellos, más me convenzo de que detrás de toda obra hay un gran personaje, un escritor que se dedicó a plasmar unas vidas, unos pensamientos, miles de sensaciones, de paisajes, detalles, y más que nada, un escritor que decidió robarle tiempo al tiempo.
Algunos lucharon contra lo establecido, contra las creencias y las tablas de la ley y acabaron en prisión, o en el destierro. Otros soportaron la miseria y la burla, y unos más escribieron aunque hubieran perdido casi del todo la visión, o fueran epilépticos o tuberculosos. Todos ellos están detrás del lomo de sus libros. Todos son una historia detrás de la historia que contaron. Y todos, absolutamente todos, me parecen gigantes, más allá de que unos me hayan marcado más o de que a otros no los haya logrado comprender bien.
Todos sobrevivieron. Son inmortales. Le apostaron a la inmortalidad y no a las comodidades y lujos de sus tiempos. Fueron orgullosos para no dejarse tentar por las vanidades terrestres, y más orgullosos aún, para elegir el camino más difícil. Porque el arte siempre fue el camino más difícil. El de la privaciones, el de las sospechas, el de la estigmatización, el de la incomprensión. El de los harapos, pero al mismo tiempo el de los dioses, porque crearon un mundo, su mundo, y el de la eterna venganza, porque en ese mundo saldaron cuentas hasta el fin de los días, o del papel, con sus enemigos.
Fueron orgullosos para escribir, más allá de que todos los días se sintieran atacados por el sinsentido de sus obras y sus vidas, y mucho más allá de que algunos los tacharan de fracasados, resentidos o amargados. Fueron orgullosos, tan orgullosos, como para revertir sus resentimientos y amarguras, sus fracasos, y convertirlos en sus obras. Lo más grandioso, profundo y doloroso de la literatura fue hecha con lo más bajo y ruin de la condición humana, y ellos, todos ellos, prefirieron su obra, a ser queridos o amados como simples y cotidianos seres humanos.
Dostoievski prefirió su obra pese a su epilepsia y descendió a los infiernos de la prisión en Siberia, y desde ahí creó a Raskolnikov y a Los hermanos Karamazov. Nietzsche padeció de migraña, de ceguera, muy pocos compraban sus libros y era delirante, y con sus males, o con parte de ellos, escribió Zaratustra, y en algún lado dejó constancia de ya no aspiraba a su felicidad, sino a su obra. Melville se refugió de la humanidad en un barco, y desde allí creó Moby Dick, y Tolstoi no tuvo un día de paz ni de tranquilidad en su vida, y por su no paz y su no tranquilidad escribió Guerra y paz y Anna Kareninna. La lista puede ser infinita, como infinitos fueron los padecimientos de aquellos que por unas letras murieron para salvarse.
Se salvaron, y de alguna manera, nos salvaron a unos cuantos.
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