La idea de APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation) fue lanzada en Seúl el 31 de enero de 1989 por el entonces primer ministro australiano, Bob Hawke, quien murió el pasado mes de mayo. El terreno estaba abonado pues desde los años 60 se venía hablando y se venían creando instancias para organizar la región asiática. Por ello no sorprende que en un corto plazo, noviembre de ese mismo año, se llevara a cabo en Canberra la primera reunión del grupo de 12 economías: Australia, Brunéi, Canadá, Corea, Estados Unidos, Filipinas, Indonesia, Japón, Malasia, Nueva Zelandia, Singapur y Tailandia.
El proyecto inicial, diseñado y promovido por Japón y Australia, estaba centrado en Asia y excluía a América. La inmediata reacción a la nueva propuesta por parte de los Estados Unidos, que ya tenía un TLC con Canadá, fue la de emprender una pronta acción diplomática para lograr su inclusión. La maniobra, instrumentalizada a través de Japón, tuvo éxito y extendió el concepto regional asiático a todo el vecindario del océano Pacífico. Esta maniobra, aparentemente inocua, permanece como una espina en el corazón del mecanismo. En efecto, lo que se buscaba alcanzar era el fortalecimiento del espíritu y los valores de la comunidad del Pacífico oriental.
Una característica de ese espíritu asiático es la prevalencia del compromiso sobre la ley, que se ha mantenido en el mecanismo durante estas tres décadas. Eso explica por qué Asia se ha resistido a que APEC se convierta en una organización formal. Lo cual no ha impedido sus avances. De un foro de ministros de relaciones exteriores y economía, ha pasado a ser un espacio de encuentro de los jefes de Estado y gobierno de los países cooperantes. Y una muestra más enfática de estos valores asiáticos se hizo visible cuando se adoptó la política de buscar una gran área de libre comercio regional, utilizando la fórmula de liberar su comercio y los flujos de inversión mediante decisiones unilaterales, voluntarias y no vinculantes. Esto contrasta con lo que aquí se llama “seguridad jurídica”, que muchas veces atenta contra los cambios económicos y políticos. Para dar un ejemplo concreto, hace varias décadas Kubota avanzó en un proyecto para establecer una fábrica de tractores agrícolas en Colombia, objetivo que no se pudo concretar porque la Decisión 24 del Pacto Andino había asignado ese rubro a los peruanos. Se tardaron muchos años para desmontar la “seguridad” de la norma y el interés de los japoneses se esfumó.
Uno de los objetivos originales de APEC fue el de consolidar un capitalismo al estilo asiático. Sin embargo, el neoliberalismo que permeó tanto a la burocracia como a la academia terminó convirtiendo a APEC y a PECC en baluartes neoliberales. Makoto Kajiwara, en el Nikkei Asian Review, afirma que “el dinero no presta atención a los factores emocionales detrás del desempeño económico de un país. Simplemente sigue el crecimiento económico donde sea que esté”, lo que sintéticamente señala el origen de la crisis neoliberal: el abandono del hombre. Si APEC no redirecciona su objetivo hacia las sensibilidades sociales, no tendrá futuro. Y la celebración de los 30 años en Chile promete poco pues se centrará en estos temas: Sociedad Digital, Integración 4.0, Mujer, Pymes, Crecimiento Inclusivo y Crecimiento Sustentable. La inequidad, que es el gran problema, ni siquiera se menciona. Ahora, mientras todo cambia, Colombia parece no despertar del sueño trasnochado de entrar a APEC, al tiempo que China se prepara para liderar el cambio.