En 1997, Zbigniew Brzezinkski publicó el libro The Grand Chessboard (El gran tablero de ajedrez), que pronto se convirtió en referente obligado para estudiar la estrategia internacional de Washington. Se trataba, como lo sugiere el título, de hacer un símil con las estrategias propias del ajedrez. Años después, en febrero de 2005, aparecerían estas palabras suyas en Foreign Policy: “como académico ocasional, me impresiona el poder de la teoría. Pero la teoría, por lo menos en relaciones internacionales, es esencialmente retrospectiva. Cuando sucede algo que no cuadra con la teoría, ésta es revisada. Y sospecho que eso sucederá con las relaciones entre Estados Unidos y China”.
Y según el acontecer actual, hay que decir que el asesor de seguridad del presidente Carter tenía razón. Estamos cambiando de juego y por lo tanto de reglas. Del ajedrez en el que se avanza despejando espacios para arrinconar al rival, en el nuevo escenario nos estamos acercando al Weiqi de los chinos o al Shôgi de los japoneses cuyo objetivo fundamental es llenar espacios. Razones suficientes para entender por qué los análisis no logran dar en el clavo o se quedan cortos.
Mientras Estados Unidos se mira el ombligo y se entusiasma con el “America First”; mientras se retira del Acuerdo de París y se encierra detrás del muro con México, China avanza sin pausa por el territorio que le inquietaba a Brzezinski: Eurasia, cuyos límites se extenderían desde Lisboa hasta Vladivostok y Tokio. Fue en 2013 cuando el presidente Xi lanzó la iniciativa del Cinturón y la Ruta (CyR) que completa ya su primer lustro.
Un gran número de analistas formados en occidente encuentran que la propuesta es inviable, que no es transparente, que es confusa o indeterminada. Insisten en que todo debe pasar por la criba de sus definiciones, categorías y marcos teóricos. Pero mientras esto sucede, China avanza y logra llegar al lado oculto de la luna. La exigencia es entonces la de poner a prueba nuestro conocimiento y buscar nuevas fuentes. Un nuevo comienzo podría darse si reconociéramos que el Shôgi o Go “ha traspasado lo que significa juego y prueba de fuerza y se ha convertido en un modo de arte [y que] hay cierto misterio y nobleza orientales en él”, según lo afirma Kawabata en El maestro de Go (2004).
Contrario al ajedrez que ataca, el Go busca aumentar la influencia, la presencia, sin confrontar. Se calcula el número de posibles Movimientos en diez a la 750, es decir, diez seguido de 750 ceros. El siguiente comentario de Feenberg sobre el juego resulta muy esclarecedor: “Debido a que el tablero es tan grande, es imposible concentrarse en una parte de él por mucho tiempo sin perder la iniciativa ante un adversario más móvil. Por lo tanto, los concursos comienzan en todo el tablero, y los jugadores regresan periódicamente a uno u otro de ellos, avanzando las batallas hacia una conclusión final, unos pocos movimientos a la vez. Los principiantes están desconcertados por la frecuente interrupción de estas luchas aparentemente no concluyentes, pero esta es la esencia del juego”. Y esto estaría más cerca de lo que ocurre que de lo que se critica. ¿Insisteremos soberbiamente en nuestras verdades?