En el otoño de 1981, pasadas las elecciones de mayo en las que ganó Mitterrand, primer presidente socialista de la quinta república francesa, apareció una valla con una mujer muy atractiva en bikini. No había texto, sólo imagen. Al día siguiente la misma imagen mostraba este letrero: “Le 2 septembre j’enleve le haut” (“El 2 de septiembre me quitaré el top”). Ese día desapareció el top de la modelo y se incluyó un nuevo anuncio: “Le 4 septembre j’enleve le bas”, y en efecto, en esa fecha la modelo se exhibió completamente desnuda de espaldas. La nueva leyenda decía: “AVENIR, l’afficheur qui tient ses promesses” (“El anunciante que cumple sus promesas”). Avenir es el nombre de una de las compañías del grupo que tuvo a su cargo la publicidad de una de las campañas.
Lo más interesante es que la firma protagonista de este episodio que se hizo famoso como la “campaña Miryam”, por el nombre de la modelo, no estuvo al servicio del ganador, Mitterrand, sino del perdedor, Giscard d’Estaing. De tal forma, lo que las vallas reconcían era la derrota de su estrategia. Y, por supuesto, la finalidad era la de recuperar la confianza de los anunciantes.
Nuestra larga, aburrida y a veces iracunda campaña presidencial que acaba de culminar genera más interrogantes que la francesa y reclama una Myriam. Las cifras, que son claras, curiosamente no aclaran la situación a la que llegamos: el desteñimiento de los partidos, la fractura de las maquinarias, los candidatos por firmas, propuestas pobres o ausentes, temas de fondo sin debate.
Ganó el “tiempo” que fue el factor determinante y común en las campañas del plebiscito, la de este año y la de 1970. Esta última, la de Rojas Pinilla, comenzó al día siguiente de la derrota que Lleras Restrepo le infligió a la Anapo el 1º de mayo de 1966. Al día siguiente el general Rojas comenzó su tarea para alcanzar el poder utilizando la plaza pública y la efectiva estrategia de la yuca y la arracacha. “¿Cuánto costaban en mi gobierno la yuca y la arracacha y cuánto cuestan ahora?”. El resultado, una votación que le dio el triunfo que le arrebató el fraude.
Y lo mismo puede argumentarse sobre las campañas de 2016 y 2018. En el caso de Duque, fueron ocho años de implacable y persistente trabajo del uribismo que comenzó con la mala cara de Uribe en la posición de Santos en 2010 y que tuvo su gran prueba con el plebiscito. Petro, por su parte, comenzó desde los balcones de la Alcaldía cuando fue destituido en 2014. Los demás entraron y salieron, se silenciaron, se contuvieron y algunos desaparecieron.
Lo evidente es que el país cambió y pide cambios. Pero al igual que los Indignados, Occupy Wall St. y demás movimientos no solo de la oposición sino del establecimiento, seguimos escurriendo el bulto.