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De tambora a Wuhan

25 de febrero de 2020 - 12:00 a. m.

El coronavirus que se generó en Wuhan, China, el pasado mes de diciembre, tiene al mundo es ascuas. La dimensión humana alcanza niveles enormes y estremecedores. Pero al lado de las consecuencias físicas han aparecido las económicas, que no son de poca monta. El primer síntoma que aparece se manifiesta en la incertidumbre en las bolsas de valores. Y al lado surge otro factor menos evidente que es la política.

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Esta catástrofe se suma a otras con las que concluyó la década pasada. Los incendios de 2018 en California, que destruyeron 800.000 hectáreas; los de la Amazonia en agosto 2019, que acabaron 2,5 millones de hectáreas, y la tragedia de Australia, que entre el segundo semestre del año pasado y el comienzo de este ha devastado más de 10 millones de hectáreas, acabado con la vida de miles de animales y generado una descarga de 400 megatoneladas de CO2.

Volver los ojos al pasado puede darnos alguna idea de los efectos inusitados que resultan de estos siniestros. No cabe duda de que el 10 de abril de 1815 debería recordarse mejor. Ese día llegó a su clímax la erupción del monte Tambora, en la isla Sumbawa de Indonesia, que es la mayor registrada en la historia hasta hoy. La columna de cenizas y sulfuro que produjo viajó por todas partes del mundo con un gran impacto en Estados Unidos y Europa. Para los europeos, 1816 fue el año sin verano. Entre 1815 y 1819, los efectos sobre la agricultura y la ganadería fueron notables. Y es probable que la epidemia de tifo en esos mismos años haya sido provocada por el mismo fenómeno. Recuérdese el poema Oscuridad, de Lord Byron, escrito en julio de 1816: “Un sueño tuve que no del todo un sueño fue: / el sol brillante extinto estaba, / y las estrellas / en el eterno espacio para la oscuridad erraban / sin brillo y sin rumbo; / y la helada Tierra / ciega y opaca en el aire sin luna se mecía”.

No obstante, el país más afectado por todas las consecuencias que se derivaron del suceso fue China. A partir de este hecho apareció la primera respuesta a por qué sucumbió el gran imperio que, hasta comienzos del siglo XIX, fue el motor primordial de la economía mundial. Las secuelas del Tambora se extendieron durante varios años. Los agricultores padecieron devastadores efectos por las sequías y las enormes inundaciones como la del río Amarillo entre 1824 y 1826, que derivaron en grandes hambrunas, causas del alza de los precios de la comida, que alimentaron el malestar de campesinos y de citadinos que desembocarían en agitadas revueltas. Estas adversidades fueron como el comienzo del fin que terminaría con el desprestigio de la corte imperial y el hundimiento del país después de la depresión Daoguang (1820-1850), de la infausta guerra del opio con Inglaterra (1839-1842) y la rebelión Taiping (1850-1864). Como puede observarse, fuera de los fenómenos climáticos y externos, el hilo conductor de la caída del imperio fue la política interna. Por eso, si bien la crisis humanitaria hoy es el foco de las preocupaciones, el desgaste del gobierno, que empieza a manifestarse, es un tema que merece la atención debida.

Los versos de Byron aparecen como un calco del presente que hoy nos toca a todos: la suma de una garrafal descomposición de la sociedad, una acumulación desmedida de rabia y el anuncio de un apocalipsis en nuestro caso provocado por las fuerzas indomables del mercado desentendido del cambio climático y Estados que se marginan del problema.

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