El pensamiento chino enseña que la ley del cambio es el modelo universal que une cielo, tierra y hombre y que permite la constante generación de vida. Heráclito también sostenía que todo cambia. Para celebrar los 20 años de la Revolución de octubre, Prokofiev escribió su Cantata op. 74. En el segundo movimiento reprodujo esta frase de Karl Marx: “Los filósofos, de distintas formas, han simplemente interpretado al mundo. El asunto, sin embargo, es cambiarlo”. Lo que hoy alarma es una nueva paradoja: el cambio transformó al mundo; lo transformó y no logramos entender qué sucede.
Con buena razón siempre se ha hablado del arte de gobernar. Se requiere de un refinamiento para leer las dificultades, las necesidades, las incomodidades, las inconformidades y los anhelos de la sociedad. Pero tal lectura no es nada fácil, pues a medida que cambian las cosas aparecen nuevas señales con mensajes cifrados. Lo dramático es que, si este proceso no se logra culminar con éxito y a tiempo, los problemas estallan y es entonces cuando las dificultades se magnifican.
Ya ha transcurrido medio año desde el inicio de las protestas en Hong Kong. Al detonante, que fue un proyecto de ley de extradición, se le han sumado nuevas demandas y una inusitada violencia que influye negativamente en la vida diaria de los hongkoneses, en la infraestructura de la zona y en su economía. Lo evidente es que allá, al igual que en Europa, en el Oriente Medio y en Latinoamérica —incluida Colombia—, los discursos de los manifestantes y los del establecimiento no logran encontrarse. No se trata de un diálogo de mudos o de sordos, sino del desencuentro de lenguajes incomprensibles por parte y parte.
El pasado 24 de noviembre hubo elecciones en Hong Kong para nombrar consejeros distritales. Los simpatizantes de la protesta, rotulados como prodemócratas, lograron un avance muy significativo frente a sus contendores, los progobiernistas. Los primeros, que alcanzaron el 86 % del total de 452 sillas, parecerían haber logrado una gran victoria, resultado que se ha visto de tal forma en Occidente. Sin embargo, en términos del número de votos, las cifras dicen otra cosa: 55 % prodemócratas, 41 % progobierno y 4 % independientes. Es evidente que el sistema electoral crea una desproporción de la representación, lo cual exige una lectura más completa del panorama.
Una corta mirada a los últimos años deja claro que las elecciones en Hong Kong han favorecido al gobierno o a la oposición, según el pulso de las circunstancias. Quizás esto sirva para entender un poco mejor por qué, pasados los comicios, las protestas continúan. En el fondo hay que insistir en que el cambio sobrepasó la letra de los acuerdos. Lo convenido entre Deng y Thatcher en 1984 fue un doble mecanismo de transición. En lo económico se mantendría un sistema de libre empresa y de flujos de capital que permitiera la continuidad de las actividades de la isla. Y en lo político, se dispuso la creación de un mecanismo que hiciera posible el paso del colonialismo al socialismo al estilo chino. Jamás se habló de democracia y menos de independencia.
Lo que cada vez resulta más notorio es que las transformaciones en el comportamiento de nuestras sociedades nos sobrepasan. Insistimos en concretar los temas para el cambio y la aparición de líderes para dialogar. Las realidades en Hong Kong, como en Colombia, están indicando otras cosas: el cambio llegó y se instaló y no tenemos cómo manejarlo porque las ideologías y las instituciones se quedaron atrás. Laozi insiste en que “cuando la situación no ha comenzado a modificarse es fácil hacer planes”. Ese ya no es nuestro caso y ahí reside el tremendo reto para encuadernar el país.