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Japón: perdón y justicia

06 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Si el mundo se está descuadernando, nosotros nos estamos descuartizando. Mientras las autoridades judiciales pierden legitimidad cada día y la justicia es desplazada más y más por la técnica jurídica, la del articulito y el inciso, puede resultar útil recordar este par de episodios.

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Hace unos años, una empleada local de la embajada de Colombia en Japón fue salpicada en la calle por un auto que imprudentemente pasó sobre un hueco lleno de agua y barro. Tomó el número de la placa y registró la queja en un koban, la estación local de la policía. Días después fue citada junto con el responsable para buscar un acuerdo. El conductor ofreció pagar los costos de la lavandería o inclusive reponer el vestido dañado por uno nuevo. Sin embargo, lo único que ella exigió fue que se le dieran las debidas disculpas.

Lo que se había violado no era la ley, sino el principio fundamental de la convivencia ciudadana: el respeto a los demás y la responsabilidad de tomar las mínimas precauciones para no ofender al prójimo. Aquí no hubiera pasado nada porque tal evento no está contemplado en la ley. Las buenas maneras solo rigen en la feria de los bobos.

Otro ejemplo, más viejo, corresponde a un relato del periodista Lafcadio Hearn. Bajo el título “En una estación de tren”, narra un episodio que sucedió en Japón, en 1893. Un ladrón logró escaparse del policía que lo había apresado y al fugarse lo asesinó. Recapturado, fue trasladado a Kumamoto, pueblo donde habían ocurrido los hechos. En la estación de tren lo esperaban una muchedumbre y la viuda y el hijo del policía asesinado.

Contrario a las expectativas y a pesar de la tensión, prevalecieron la calma y el silencio. El guardia que conducía al preso se dirigió al niño: “Pequeño, este es el hombre que asesinó a tu padre… El que ahora no tengas un padre para que te ame, se debe a lo que hizo este hombre. Míralo… No te dé miedo. Es doloroso, pero es tu deber. ¡Míralo!”. El delincuente se arrodilló y golpeó su cara contra el piso: “¡Perdóname, pequeño! ¡Lo que hice no fue hecho por odio, sino sólo por un enloquecido temor en mi deseo por escapar… qué mal tan terriblemente innombrable te he hecho!”.

Hearn reflexiona así: “Aquí la justicia se desvió, aunque compasiva, forzando la confesión de un crimen con el patético testimonio de su resultado más simple. Aquí hubo remordimiento desesperado que sólo pedía perdón antes de la muerte. Aquí estuvo una muchedumbre, quizá la más peligrosa del Imperio cuando está irritada, comprendiéndolo todo, siendo tocada por todo, satisfecha con la contrición y la vergüenza, y llena, no de ira, sino de la enorme tristeza del pecado. Con la simple y profunda experiencia de las dificultades de la vida y la debilidad de la naturaleza humana”.

Convencidos de que la ley y la fuerza son la panacea para ordenar la sociedad, no nos damos cuenta de que son insuficientes y de que estamos fabricando placebos que nos alejan cada vez más de la justicia. Caminamos por campos minados en los que la ética es la víctima de cada hora.

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