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La nostalgia del tejo

13 de julio de 2018 - 09:11 p. m.

Un recuerdo imborrable que guardo es el discurso del presidente Guillermo León Valencia al abrir las sesiones ordinarias del Congreso de 1964. Las barras vociferaban “INA, INA…” como protesta ante los escándalos que habían explotado en el Instituto Nacional Agropecuario. Valencia continuó impávido y al final improvisó esta frase que me quedó grabada con cincel: “hay esclavos que a pesar de sus libertadores siguen viviendo con la nostalgia de las cadenas”.

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La nostalgia nos empuja a mirar atrás y a encontrar abrigo en el convencimiento de que todo lo pasado fue mejor. Sin embargo, esa mirada simple hacia el pasado es una trampa cuando solo trata de responder al desencanto y a la confusión. Se requiere usar el sentido crítico para convertirla en algo positivo como lo fue para Odiseo en su búsqueda del camino de regreso a Ítaca. Para volver a casa se necesitaba la memoria y, de tal forma, lo nostálgico operaba como la brújula para hacerle el quite al olvido.

La guerra produce miedo. El ruido de sables genera angustia. Pero como todo, tiene su contrario. El tronar de los tiros se asimila a veces a una señal de amparo que hace germinar el mito del héroe y la estetización de la sangre derramada por una causa. Son sensaciones que se graban en la memoria: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Se trata del olvido que, desplazado por dos extremos, un fusilamiento y el hielo, revive la remembranza vestida de nostalgia.

Las transformaciones de estos últimos años nos han dejado un país distinto así no queramos o no podamos entenderlo. Una nostalgia profunda por el pasado del cual no queremos desprendernos nos impide reconocerlo. Y ello, alimentado por los mitos detrás de los cuales desaparece lo razonable, tal como lo escribía Rolland Barthes en 1957 en su libro Mythologies (p.40): “El misterio de los platos voladores ha sido, ante todo, totalmente terrestre: se suponía que el plato venía de lo desconocido soviético, de ese mundo con intenciones tan poco claras como otro planeta. Y ya esta forma del mito contenía en germen su desarrollo planetario; si el plato, de artefacto soviético, se volvió tan fácilmente artefacto marciano, es porque, en realidad, la mitología occidental atribuye al mundo comunista la alteridad de un planeta: la URSS es un mundo intermedio entre la Tierra y Marte”.

El debate político no da tregua y el temor por los cambios que se requieren reverdece sin pausa. Muchos abrigamos la esperanza de un buen futuro, pero lo que flota en el ambiente se inclina más hacia un nostálgico pasado.

Estamos como en aquel bambuco de Jorge Áñez: “si el bambuco es de Alemania / o es de los griegos nuestro turmequé / Morales Pino es turco / Julio Flórez danés… / Asunción Silva hebreo/ y Uribe Holguín francés”. Pareciera que nos inunda la nostalgia del tejo.

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