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Meiji: una revolución positiva

09 de marzo de 2018 - 10:00 p. m.

En 1868, hace siglo y medio, Japón dio inicio a uno de los procesos de modernización más notables de la historia. Después de siglos de lejanía del emperador del poder y de un largo período de cierre del país al exterior (1638-1853), Mutsuhito, conocido póstumamente como el emperador Meiji, asumió las riendas del país tras la renuncia del último shogun Tokugawa. Es lo que se conoce como la restauración, renovación, revolución, reforma o renovación Meiji.

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Con el nuevo gobierno los japoneses adoptaron profundos cambios que al término del siglo XIX lo convertirían en potencia económica, comercial, industrial y militar. Los avances se dieron en todos los campos y los resultados fueron asombrosos y rápidos. La industrialización que le tomó 150 años a Europa Japón la hizo en una tercera parte.

Dentro de las decisiones del nuevo gobierno para impulsar su desarrollo, hubo una de particular interés sobre la cual vale la pena una reflexión ponderada. El emperador convocó al príncipe Iwakura para liderar una misión de alto nivel a Estados Unidos y a Europa que incluyó a los más selectos miembros de la política (incluidos tres ministros), del sector educativo y del empresariado. Esta misión, que no fue ni la primera ni la última, aunque sí la más recordada, viajó entre 1871 y 1873. Tres propósitos se le encargaron: conseguir el reconocimiento del nuevo régimen, allanar el camino para renegociar los tratados desiguales firmados por el shogunato y estudiar los sistemas industriales, militares, políticos y educativos de Occidente.

Se trataba de enviar por el mundo a la élite pública y privada de aquel entonces con el fin de investigar, aprender y trasplantar la experiencia a suelo propio. Los objetivos que cumplieron incluían: arquitectura, geografía, transporte, costumbres, ritos y festivales, entretenimiento, teatro, comida, plantas, exposiciones, escena nocturna y escena diurna de las calles, condiciones de los niños, contabilidad, educación y religión, escuelas, inventos, periódicos y revistas, pinturas, bibliotecas, agricultura, industria y comercio, hospitales, mendigos y pobres, formas de gobierno, la Armada y el Ejército, puertos, etc. Los resultados de este esfuerzo iluminaron el camino que abrió una nueva era para Japón.

Ojalá en el próximo gobierno que elijamos se propicie una evaluación juiciosa de la manera cómo se podrían aprovechar los recursos dedicados a la educación en el extranjero de tal manera que los esfuerzos del Estado repercutan en el desarrollo nacional en todos los campos, en vez de alimentar empresas, laboratorios y centros de investigación en el exterior. La retroalimentación que logró Japón hace siglo y medio no puede ser esquiva para nosotros.

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