Siempre trato, cuando viajo, de ir en cada sitio a los barrios pobres y a los cementerios. Los primeros me dan, con cierta precisión, información sobre el nivel de vida en el lugar. Y los segundos me permiten dialogar con los muertos, quienes, paradójicamente, dicen más de lo que uno espera. Por eso un breve paso por el cementerio de Montreal, que iba a durar un par de horas, me atrapó un día entero.
Nuestras tumbas son muy lacónicas: nombres y fechas de nacimiento y muerte. Otras, como la de mi amigo Nacho García, no dicen lo que deberían decir porque por lo general estos deseos no se cumplen. Él anhelaba descansar tras una lápida que dijera: “Aquí no hay nadie”.
Y existen casos más complejos como lo que sucedió en Hong Kong, en donde se ofrecían osarios de tránsito para guardar las cenizas hasta cuando se pudieran llevar al interior de China, pues los chinos entienden que el ciclo de la vida solo se cierra cuando los restos descansan en el sitio donde se nació.
Lo de Montreal, en cambio, parecía una extensión de las 37 baladas de Hans Magnus Enzenberger recogidas en su libro Mausoleo. La mayoría de epitafios, propios de un país de inmigrantes, eran de este tenor: “Aquí yace X, nacido en el condado Y, de la provincia Z, 30 leguas al occidente de Dublín. Llegó a Canadá en…, se inició en la cría de ovejas y se enroló en el ejército para luchar con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial en la que perdió un brazo. Se casó con A, con quien tuvo tres hijos B, C, D que le dieron cinco nietos, etc.” Y, por supuesto, en algunas tumbas no escapa el deseo de ostentar. Recuerdo una de las más grandes que resaltaba en lo más alto, en mármol negro y con el nombre y la biografía en letras doradas. Era de un chino que sin duda debió cosechar una buena fortuna como para exhibirla para la posteridad.
Pero ahora, en las grandes ciudades cada vez más congestionadas, a los pesares y angustias del duelo se han sumado nuevas perplejidades. En Japón, por ejemplo, se presentan fenómenos como estos. Por un lado, como se ha agotado el espacio en los cementerios los dolientes que tienen recursos suficientes deben conformarse tan solo con una estela mortuoria. De otra parte, en una sociedad que envejece aceleradamente, crecen las solicitudes de los ancianos para que al morir sus cenizas se arrojen al mar o a los ríos, o sean esparcidas en las montañas.
Pero para los japoneses, el problema es cada vez más agudo. En la actualidad, enfrentan un déficit de hornos crematorios. La solución ha sido la de abrir hoteles en los cuales la familia pueda aligerar la carga de la espera mientras le dan el turno al difunto. Ahora, la mayor dificultad no es morirse sino desaparecer.