COMO BUEN BISIESTO, EL 2008 TERmina con media docena de crisis en sus hombros. A la agudización de la crisis alimentaria y energética del primer trimestre, enmarcada en la crisis generada por el drama del cambio climático, se le añadió en el verano la financiera, que terminó convertida en una crisis económica global.
En América Latina, y tal vez en el resto del planeta, una crisis migratoria ya se evidencia como consecuencia de todas las anteriores. Aunque falta por calibrar las implicaciones sociales y políticas de un año tan precario, que llegan como regalo envenenado para la celebración de los bicentenarios de nuestros procesos de independencia.
De todas ellas, la crisis subyacente de la política tiene una especial relevancia para América Latina. Ella tiene connotaciones globales y locales, entre otras, porque existe un gran divorcio entre los poderes globales y la política que sigue siendo local. Gran paradoja, porque pese a que los problemas económicos y sociales traspasan fronteras, las soluciones continúan siendo locales. Y la mayoría de los gobiernos nacionales pueden hacer muy poco por influir las reglas de juego globales. Además, porque a nivel internacional no se ve todavía ese “matrimonio fiel entre el poder y la política” del que habla Bauman, por las carencias políticas de la globalización.
Los poderes globales han mostrado su fuerza económica, pero no hacen política global porque no pueden o no quieren. No pueden porque no se han consolidado aún las instituciones democráticas globales —de representación, legislación y justicia—; y no quieren, en otros casos, porque las agendas locales llevan a un patrioterismo que en lo económico amenaza con un proteccionismo tan viejo como el populismo. O en el político llevan al extremo de armar una guerra global contra el terrorismo de manera unilateral que tampoco dejó dividendos electorales, pues los republicanos perdieron las elecciones.
El Estado por su parte deberá asumir las riendas de muchos asuntos que se le salieron de las manos. Pues las consecuencias políticas de la crisis lo que han hecho es aumentar las responsabilidades políticas, económicas y sociales del Estado. La cuota de culpabilidad del Estado en la crisis ha sido alta y su incompetencia para anticiparse y manejar la crisis dicen mucho de su incapacidad regulatoria. Así ha sido también porque la política ha estado al margen de lo sucedido, como espectadora ausente. Por eso, el presidente Lula ha dicho que la presente es la hora de la política.
La pregunta clave es qué tan preparado se encuentra el sector público para liderar esos procesos de cambio cuando la reforma del Estado quedó a mitad de camino a comienzos de esta década. La fragilidad del Estado es tan clara como la necesidad de recursos para ajustarse a los shocks de las crisis económicas mediante el fortalecimiento de sus instituciones democráticas. Una reforma política y del Estado modelo siglo XXI debería apuntar a esos objetivos. Ese examen valdría la pena hacérselo a la reforma que se tramita en el Congreso de Colombia para determinar si tiene vocación de futuro o no.
El latinobarómetro de 2008 ha demostrado que los tiempos de vacas flacas para la economía son tiempos de peligro para la democracia. La economía produce más castigo que recompensa a la democracia, porque en épocas de vacas gordas tampoco aumenta proporcionalmente el apoyo a la democracia. Un argumento más para insistir en el fortalecimiento de las instituciones políticas y su sistema de frenos y contrapesos, que en últimas son la única talanquera a las nostalgias autoritarias que florecen silvestres en tiempos de crisis. Si las democracias están amenazadas por la crisis actual, la buena política y la defensa de lo público alrededor de un Estado robustecido tienen que regresar por la puerta grande, ojalá bien cargadas de alternativas para enfrentar lo que viene.
Larry Diamond ha indicado que hacer funcionar la democracia ha sido más difícil que acabar con los regímenes autoritarios. Una afirmación que recobra una inusitada fuerza en nuestra región, donde aceptar las limitaciones y los “frenos de mano” que la democracia le impone al jefe del Poder Ejecutivo —esa simbiosis de virrey, caudillo, dictador y presidente—, es una prueba de fuego que pocos aceptan y muchos menos pasan.