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Gobernar la desigualdad

21 de mayo de 2008 - 08:22 p. m.

QUE AMÉRICA LATINA ES LA REGIÓN más desigual del mundo no solo es un hecho sino que retrata la “falla geológica” de nuestros sistemas políticos. Muchos experimentos se han ensayado en materia de políticas económicas y sociales y hoy se afirma, por ejemplo, que la magnitud de la crisis alimentaria va a echar atrás los modestos avances logrados en este campo. Quizá porque se ha querido ignorar que el reto de la lucha contra la desigualdad es ante todo un problema político y la principal amenaza a la gobernabilidad de la región.

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Pero que la desigualdad se haya convertido en un asunto de gran importancia política en el mundo desarrollado, eso es noticia. Una encuesta reciente del diario Financial Times y la firma Harris en ocho países, indica que el 78% de los norteamericanos, tradicionalmente tolerantes frente a la desigualdad del ingreso, piensa que la brecha entre ricos y pobres es muy grande. Lo mismo piensan el 76% de los españoles y el 87% de los alemanes. Lo que es peor, la mayoría cree que dicha brecha seguirá creciendo durante los próximos cinco años. La desigualdad golpea globalmente. No es pues una coincidencia que el tema de la cohesión social continúe siendo una de las grandes preocupaciones de Europa, como quedó manifiesto una vez más en la Cumbre Europa-América Latina de la semana pasada en Lima.

La misma encuesta, que incluyó cinco países europeos —Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y España—  más Estados Unidos, China y Japón, muestra que la opinión generalizada se inclina a que se aumenten los impuestos a los ricos y se disminuyan a los pobres. Con alguna renuencia respecto de lo primero en Francia y de lo segundo en Estados Unidos. Una aspiración que atraviesa colores políticos y posturas diferentes en el mapa ideológico de tres continentes.

Ello coincide con una alerta reciente que lanzara el ex secretario del tesoro de Clinton, Larry Summers, orientada a prender las alarmas respecto del futuro de la globalización, por su potencial para aumentar la inequidad e inseguridad económica, que han servido de combustible para los brotes proteccionistas que ganan terreno en Estados Unidos, a la hora de la defensa de los derechos de los trabajadores. Basta examinar los discursos de los pre candidatos demócratas para darse cuenta de la actualidad del tema que ha venido acompañada de una actitud muy restrictiva en materia de políticas de inmigración.

  Si hoy se reconoce que la última ola de la globalización ha creado una “ superclase” de ricos, no es una coincidencia que hayan sido creados Ministerios de la Igualdad en España y Francia y que el tema de la ausencia de cohesión social entre de nuevo por la puerta grande de las políticas públicas, al menos a nivel nacional. La creación de una institucionalidad para luchar contra la desigualdad une a gobiernos tan disímiles como los de Zapatero y Berlusconi, pese a que en temas como la inmigración se encuentran en orillas opuestas.

 Por su parte, América Latina sigue tratando de consolidar una institucionalidad basada en programas sociales que no dejan de estar asolados por la captura y el clientelismo que intentó devorar un Estado de Bienestar, cuya reedición no puede quedar sólo en manos de fórmulas ya fracasadas por quienes creen tener el monopolio de lo social.

Alguien ha dicho que la política ha pasado del querer hacer las cosas al tener que hacer las cosas. El desafío es simple: repensar desde la Política –con P mayúscula- los instrumentos institucionales de la lucha contra la desigualdad, sin demagogia y sin populismo, pero sin olvidar a la vez que la política social no puede ser un apéndice de la política económica. Porque en últimas, es el ejercicio de la política y no la democracia el primer responsable de la desigualdad.

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