PARA QUIENES ADQUIRIMOS EL USO de razón política a comienzos de los ochenta, el golpe de Estado fraguado por unos militares en España el 23 de febrero de 1981 marcó un hito generacional. Fue el primer golpe grabado en vivo y en directo por televisión.
Cuatro años largos después viviríamos algo más grave y truculento en Colombia: la toma y el holocausto del Palacio de Justicia. Dos huellas generacionales indelebles.
Un gran libro circula hoy en Europa. Anatomía de un instante de Javier Cercas —el reputado autor de la novela Soldados de Salamina—. Una lectura necesaria más que obligatoria para quienes quieran corroborar cuán enclenque se torna la democracia cuando todos comienzan a conspirar contra ella. Porque los controles, frenos y contrapesos democráticos no caen bien a quienes se acostumbran a la concentración del poder.
Una combinación de ensayo y crónica que es uno de esos “hachazos que rompen el mar del hielo que tenemos en nuestro interior”, como Kafka describió el valor de un buen libro. Un recuento no sólo de la realidad que crea las imágenes sino de las imágenes que crean la realidad, para demostrar que no todo estaba atado, ni que todo permanecería igual después de su muerte, como lo sostenía Franco. Al dejar atrás la dictadura, las costuras de la democracia, pese a ser muy frágiles, comenzaron a apretarle a quienes como herederos del autoritarismo creían que la voluntad del caudillo prevalecía desde el mas allá.
El hilo esencial del libro gira alrededor de tres “héroes de retirada”, según la expresión de Enzensberger. Héroes no del triunfo sino de la renuncia, al estilo Gorbachov. La trayectoria de tres personajes de la historia reciente que coinciden en un gesto de heroísmo más moral que político: permanecer sentados en sus curules mientras el Coronel Tejero y su tropa disparan en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Entre tanto, los demás centenares de parlamentarios se tiran al piso escondiéndose debajo de sus escaños.
Los protagonistas de esa temeridad que lindaba con el martirio fueron el presidente de gobierno, Adolfo Suárez; el secretario general del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo; y el vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado. Tres destinos disímiles, tres trayectorias políticas radicalmente distintas, quizá tres difuntos políticos ya en ese momento, pero tres muestras de coraje que convergen en un único gesto: mantener la libertad y la cabeza erguidas pese a las balas golpistas. Tres hombres de la transición democrática que como muchos políticos habían sido capaces de hacer lo más difícil —jugársela toda a la democracia— pero eran incapaces de hacer lo más fácil —terminar su ciclo y cerrar la transición—.
En América Latina se tiende a canonizar a los caudillos en vida. A diferencia de lo que sucede en otras culturas en las cuales nadie es un héroe para sus contemporáneos. En sociedades desarrolladas se tiene superávit de ciudadanos y no de héroes, a contrario de lo que sucede en las nuestras. El superávit de caudillos o, quizá mejor, el déficit de ciudadanos, sigue siendo el mayor indicador de subdesarrollo democrático. Por ello muchos golpean a la democracia pretendiendo salvarla.