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Algo de cal y mucha arena

16 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

Aún con el riesgo de que lo decapiten, como ocurre en la compañía cuando alguien saca la cabeza, hay que decir que la Ópera de Colombia por fin se percató de que aquí hay directores escénicos.

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Pedro Salazar, en el Don Pascual de Donizetti, último título de la temporada de este año, consiguió, a pesar de que se trató de una puesta heredada y por lo tanto de un discutible concepto, que también lo fue, un ocurrente tono de farsa. Escenas como la del partido de tenis, la de la pizarra o la de la alcoba son poco frecuentes en estos ámbitos por la intrascendencia teatral que caracteriza las versiones operísticas locales. Pese a la pobreza de la escenografía en el escenario del Gaitán y a la cursilería del vestuario, con excesos que suben los costos sin necesidad, como vestir de fiesta a una multitud cuya aparición póstuma no está en el libreto, lo teatral, léase movimientos escénicos e iluminación, fue atinado, salvo pequeños lunares.

Respecto del sonido no puede decirse lo mismo: con las excepciones del coro, de calidad que no deja dudas, y de un correcto Malatesta a cargo del barítono Juan Fernando Gutiérrez, la interpretación de una partitura juguetona y melodiosa dejó todo que desear. ¡Cuánta falta hizo Valeriano Lanchas en el rol titular! Respecto de su ausencia cabe preguntarse: ¿por qué lo defenestraron? ¿Acaso le están metiendo los dedos en la boca a la dirección general?

Ante la fragilidad de los solistas importados surge la duda de si se habrá entrado en el peligroso juego del yo te traigo y tú me llevas. Lo mismo da que pensar una dirección orquestal tan deficiente como la del brasileño Marcelo de Jesús, quien enhebró una versión, si es que se le puede llamar así, sosa, sin matices y agresiva por momentos, con unos cantantes, lánguidos y desgarrados, que, a menudo, desaparecían absorbidos por la Sinfónica. Increíble la inconducente pirueta de aceptar, o de proponer si fue suyo el exabrupto, que una de las arias del tenor la acompañara un saxofón que no corresponde a la concepción donizetiana por mucho cacumen que le hubieran metido al asunto.

Pocas nueces y mucho ruido: si está bien contar con una dirección escénica profesional, a pesar de la pobreza de la puesta, es evidente la ausencia de un auténtico director artístico que no comulgue con ruedas de molino a quien toma las decisiones sin el suficiente criterio. Un responsable de las determinaciones musicales con conocimiento, y pundonor, acaso habría evitado un naufragio tan sonoro como el de Don Pascual, cuya presentación, salvo el acierto citado, fue aciaga.

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