Después de que grandes talentos de la dirección escénica, como Willi Decker, realizaron por aquí inolvidables puestas, Bogotá está a la zaga en lo que se refiere a la escenificación de óperas.
La última excepción fue la controvertida y para algunos, como yo, brillante La Cenicienta de Rossini, de Rolf Abderhalden con Mapa Teatro, cuyo incomprensible colofón fue la acritud de la entidad que la encargó tras haberla aprobado. Por suerte, el Teatro Julio Mario Santo Domingo anuncia una Carmen dirigida por el burgalés Calixto Bieito, director del Teatro Romea de Barcelona, quien ha contribuido a darle a la lírica un tono actual y es, según la muy atinada revista Opernwelt (mundo de la ópera), uno de los grandes de la escenificación operística.
A propósito de la obra, producida por el teatro holandés de Maastricht, valga decir que mientras al otro lado del Atlántico se aborda el tema con desparpajo, a veces exagerado pero válido al proponer senderos refrescantes, en América resquebrajar los arquetipos genera incertidumbre en principio por un exceso de reacción o, como tal vez ocurre entre nos, por un sibilino desconocimiento de la evolución estética. Apenas hasta ahora el Metropolitan de Nueva York ha empezado a modernizar sus producciones y a aproximarse a eso que la crítica local llamaba con suficiencia European trash, o basura europea; tal vez se percataron de que una cercanía con la vanguardia compite mejor, a la hora de atraer nuevos públicos y sobre todo jóvenes, con las a menudo rancias propuestas del vecino Broadway. Entre tanto, en estos andurriales, la ópera es cada vez más convencional y, por lo tanto, menos sorprendente.
La Carmen de Bieito, de cuyo desarrollo ya hablaremos, en vez de caer en el cliché de recrear la “España de la pandereta”, rastrea la dureza de la legión extranjera en Ceuta en la era franquista. La puesta le permitirá al público acercase a una lectura, dura al parecer, que ha convencido a la Scala, al Liceo, a otras salas europeas y al exigente festival de Peralada, y que seguirá circulando por grandes teatros este año. Como todo indica que por acá aún nos espera mucha vetustez antes de que se entienda que cuando, por ejemplo, Bizet escribió su obra maestra tomó una historia violenta y contemporánea que la emperatriz Eugenia, sevillana de nacimiento, le narró a Prospero Mérimée, bien vale la pena no perderse una propuesta heterodoxa que, si se mira el contexto original, quizás no lo sea tanto y que, sin duda, remozará este entorno manteniendo el espíritu del autor pero lejos del lugar común, del tópico y de lo ya machacado hasta el hartazgo.