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Ductilidad a rodos

04 de junio de 2012 - 08:21 p. m.

El adjetivo versátil, como síntesis del atributo más sorprendente, además por supuesto de la calidad vocal, debió rondar por muchas cabezas tras el recital de la soprano Deborah Voigt en el Teatro Julio Mario Santo Domingo, a beneficio de la fundación Notas de Paz y acompañada por la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

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Sí, una versatilidad a toda prueba, sin desmedro de lo melódico, fue el hilo conductor de la interpretación de un repertorio en apariencia contrapuesto que se sumó a una certidumbre que refuta la especialización, que ha ido anidando en los últimos tiempos en un género a causa de los matices estilísticos y, desde luego, de las resultantes complejidades.

Para comenzar, la norteamericana afrontó dos arias del repertorio italiano verista —La mamma morta, de Andrea Chénier de Giordano, y Io son l’umile ancella, de Adriana Lecouvreur de Cilea— y, enseguida, un paradigma de Verdi: Morro, ma prima in grazia, de Baile de Máscaras. Salvo un par de desgarres por la zona de los agudos, acaso por la inseguridad que plantean los 2.600 metros de altura, le dejó al público, no muy numeroso tal vez por el costo de la boletería, la sensación de hallarse frente a una de las máximas figuras del panorama lírico por la tersura de la voz, un fraseo de muchos quilates y el garbo interpretativo.

En la segunda parte, la gran artista puso de presente que lo suyo es, sobre todo, Wagner. Tanto en el aria de Siglinda de La Valkiria como en la hermosa Dich, teure Halle de Tannhäuser, hizo gala, llena de esplendidez, de esa condición tan peculiar de hochdramatischer Sopran o soprano dramática aguda que suele exigir el compositor. A su turno el final, con la bella My Man’s Gone Now de Porgy and Bess de Gershwin y las tres canciones tomadas de sendos musicales, dos de ellas a manera de bises, le permitió recrear momentos de la lírica norteamericana y, de nuevo, dar testimonio de esa flexibilidad que la convierte en un fenómeno de nuestro tiempo.

A la Filarmónica, que se creció en las interpretaciones de los preludios de Wagner y en la archipopular Cabalgata de las valquirias, pareció faltarle algo de brío en la primera parte. Quizás hubiera sido deseable incluir en el programa, en vez del no muy espectacular poema sinfónico Los Pájaros de Respighi, un par de oberturas, a lo mejor italianas, que hubieran establecido una atmósfera de mayor coherencia operística. En todo caso, resultó un privilegio oír en persona a una artista como la señora Voigt, cuando su carrera aún se halla en crescendo, y por suerte, lo que no es demasiado común en estos andurriales, acompañada por una orquesta. ¡Como tiene que ser!

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