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Otro Ibsen de altura

30 de marzo de 2012 - 05:17 p. m.

En este primer segmento del Iberoamericano, el dramaturgo danés ha sido el héroe sin ambages.

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Tras el inolvidable Peer Gynt, llega al teatro Julio Mario Santo Domingo, de la mano de la compañía de Oberhausen, Alemania, otra obra suya que, con seguridad, será uno de los platos fuertes: la inquietante Casa de muñecas, que causó sensación el año pasado en la muy importante reunión de las grandes compañías de teatro de lengua alemana que se llevó a cabo en Berlín.

Herbert Fritsch, a cuyo cargo estuvo el montaje, es un director teatral y artista de medios audiovisuales de gran reconocimiento en su país; ha realizado producciones con grupos del talante de los teatros estatal de Hesse, de Wiesbaden, y el berlinés de la Rosa Luxemburgo Platz, entre otros. Con una intención que raya en lo turbador, redimensiona el personaje de Nora, la protagonista, y la zarandea con la precisión de un titiritero para hacerla trasegar por los miedos íntimos y las presiones psicológicas, perversas y hasta espeluznantes, de unos personajes que parecen sacados de una historia de terror.

El recorrido, una suerte de rompecabezas de una densidad sin concesiones y con un ritmo sin tregua, está a cargo de cuatro actores de rigor y capacidad de comunicación casi insólitas, y de una excepcional Nora que, sin abandonar la escena ni un segundo, no pierde el ritmo ni la fuerza enternecedora de dialogar consigo misma, con sus compañeros de escena y aun con el auditorio entre un torrente de matices y de agudezas interpretativas que, como en El laberinto de Ariadna, le permiten mantener el hilo conductor y la efectividad de la narración para ir reconstruyendo el relato original y cerrar el ciclo con la transformación inexorable que debe sufrir.

El melodramatismo que parece exagerado, pero que tiene fundamento, las sutilezas, la austeridad de una caja negra con un árbol de Navidad que se incendia para simbolizar el derrumbe de un mundo perfecto, las luces efectistas cuando es preciso y planas cuando así se requieren, el vestuario espectral, las pelucas y la indumentaria de pretendida inocencia de Nora, la desproporción de unos movimientos que rayan en lo acrobático, y sobre todo la exactitud del director, que se evidencia en cada acción, mantienen al público hipnotizado y subrayan la tensión dramática. El complemento de una estampa inesperada, a la hora de los saludos, rubricada por un ritmo perfecto y por una meticulosa simetría, pone de presente hasta en el final la categoría plástica de una pieza asombrosa.

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