Una tarde de primavera en Castilla. A pesar del sol que pregonaba la vecindad del estío, aún refunfuñaban por lo callejones de Segovia las ráfagas yertas de la sierra.
Las cumbres cuajadas de nieve resplandecían a lo lejos. La guía que tenía en la mano citaba una casa museo de Antonio Machado de la cual no tenía noticia. No pude resistirme a visitarla. El poeta vivió en la ciudad varios años: fue la más larga permanencia de su vida, salvo las de Madrid, aunque se lo identifique más, acaso por La tierra de Alvar González, con la no muy lejana Soria. En la urbe del soberbio acueducto romano, donde me hallaba, se desempeñó como profesor de francés en un instituto.
En el intrincado barrio que se apretuja alrededor de la torre de ventanucos románicos de San Esteban, para muchos la más esbelta de Europa con su chapitel de aires franceses, me topé por fin con la Calle de los Desamparados. El nombre tenía algo de presagio. En el número 5 el poeta encontró, en la pensión de doña Luisa Torrego, como las cigüeñas que siempre regresan a ese alrededor, su refugio de casi tres lustros. La emoción me invadió al cruzar el magro antejardín donde, como si fuera uno de esos limoneros de su infancia, había un jazmín cuajado de flores blancas. La casa de dos pisos albergó una posada de ambiente familiar para los forasteros, profesores, comerciantes, que habían de permanecer en la población.
Entré en el recinto a través de una cocina cuyo hogar, a pesar del sabor castellano, me recordó la estufa chapineruna de la casa de mi abuela, que se alimentaba con carbón de piedra o de palo. Unos pocos tiestos ennegrecidos ambientaban la pobre escenografía. En el comedor, una mesa casi destartalada con un humilde mantel y media docena de sillas thone me hablaron de una escasez henchida de dignidad. En alguno de esos puestos, el acaso más grande poeta en español de la primera mitad del siglo XX, debió escribir más de un verso, pensando en la ignota Guiomar que le alumbró las ilusiones.
Un pasillo angosto, escaso como el resto de la vivienda, me condujo a la alcoba. El catre de hierro, con el irregular colchón de borra que lo acogió tantas noches; la mesilla de noche y la mesa de naguas con un hueco para el brasero, donde seguro garrapateó muchas hojas, me conmovieron hasta el punto de no poder evitar algo de rocío en las pupilas. Me asomé a la ventana y los tejados añejos parecían pregonar la intimidad del poeta, la humildad del genio y la banalidad de la abundancia. Entendí de golpe la “ligereza de equipaje” con la que Machado, exiliado por la brutalidad de la guerra, encaró, en el destierro de Collioure, su último viaje…
* Fernando Toledo