La tregua de las Farc –iniciada en diciembre– fue despreciada por la derecha recalcitrante y por el procurador ambicioso y fundamentalista. En abril, un frente de esa guerrilla aprovechó una oportunidad para sorprender a una patrulla del Ejército que descansaba en una localidad del Cauca –departamento donde confluyen los problemas sociales del país–, causando numerosos muertos y heridos.
Sin duda, esa patrulla olvidó los protocolos de seguridad para evitar tales acciones, pero la mayor responsabilidad recae sobre los comandantes de la unidad a la que pertenecía la patrulla, pues estaba bajo el mando de suboficiales y tal vez sin la instrucción necesaria para no “bajar la guardia”.
El presidente Santos respondió a ese crimen de la guerrilla renovando los bombardeos, provocando así la muerte de guerrilleros, incluido uno de sus jefes recién llegado de La Habana. El desquite de esta guerrilla –disminuida y degradada– no fue diferente a lo que podían prever los conocedores del conflicto, incluido el presidente. La escalada que se desató provocó la mayor crisis que ha tenido el “proceso de paz”, además de causar daños al medio ambiente y perjuicios a la población civil de escasos recursos en zonas abandonadas por los gobiernos.
¿A qué se debió esa respuesta ambivalente del presidente, a sabiendas de sus posibles consecuencias? Quizá primó su inclinación a quedar bien con todo mundo. ¿Pero cuál pudo ser su trasfondo? Desde que Uribe tachó de “traidor” a Santos, apoyado en la favorabilidad con la que ha contado el neocaudillo en la voluble opinión pública, el presidente optó por pasar a la defensiva. Por eso mantuvo a Pinzón varios años en el Ministerio de Defensa. De corazón uribista, pero de cerebro santista, el Ministro cumplió a cabalidad con su papel frente a Uribe y a los militares.
Durante su gobierno, Uribe cautivó también a los militares, con lo cual surgió un riesgo para el Estado de derecho. Por eso las organizaciones de la “reserva activa” expresan lo que no pueden decir los uniformados, aunque éstos filtran información a su mesías –incluso reservada–, para alimentar sus trinos descalificadores del Gobierno y las negociaciones en La Habana. La ideología del “espíritu de cuerpo” –conservadora en cualquier ejército del mundo– se ha distorsionado con la política e inclinado más hacia la derecha, tras medio siglo de conflicto armado. Así, el presidente actúa de manera prevenida frente a los militares. En su ambivalente decisión de reanudar los bombardeos, tal vez pesó su disminuida imagen para –supuestamente– frenar al uribismo y complacer a los militares. Pero los actos demenciales de las Farc –como guerrilla disminuida– deterioraron aún más su imagen, arrastrando consigo la del “proceso de paz”.
Por fortuna apareció una tabla de salvación. Sobre la base de la publicitada entrevista de De la Calle, el pronunciamiento de los países garantes y facilitadores del proceso de La Habana instó a las partes a superar sus inamovibles y avanzar hacia el cese de hostilidades. Pese a la miopía política de los negociadores de las Farc, anunciaron otro cese unilateral de hostilidades, por un mes, a partir del 20 de julio. Y Santos planteó la ruptura de su inamovible cese bilateral del fuego antes de finalizar las negociaciones, pero con condiciones. Hay que recordar aquí que el presidente le apostó su capital político al “proceso de paz”, apuesta reforzada luego por un tácito mandato electoral por la paz mediante su reelección.
Si se logra superar este drama y evitar una tragedia, las próximas elecciones podrían dar una sorpresa al impedir que al país lo aprisione una derecha recalcitrante en comarcas y regiones. Faltaría –eso sí– que las autoridades electorales –con apoyo del Ejecutivo– logren depurar buena parte de los aspirantes delincuentes y corruptos a cargos ejecutivos y de corporaciones públicas en municipios y departamentos.
Pero no se puede olvidar acá que el Eln le está debiendo el país una decisión para iniciar negociaciones con el Gobierno, mediante el abandono de su ideología cuasirreligiosa que pretende contar con un ambiente político inexistente en la sociedad.