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El equilibrista

03 de enero de 2016 - 03:04 p. m.

Santos siempre ha pretendido quedar bien con todo mundo.

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Aunque buena parte de sus vaivenes le han funcionado —como congraciarse con el neo-caudillo para sucederlo, al punto de ser calificado luego de traidor—, en su ejercicio de la Presidencia no le ha sido fácil compenetrarse con la opinión pública. No obstante, y pese a algunas pifias —como su afirmación de que todo estaba arreglado tras el abrazo con Timochenko—, a fines de 2015 apareció su buena estrella.

Pero para eso se requirió que las Farc entendieran —¡por fin!— que dilatar las negociaciones sólo les traería problemas, comenzando con la persistencia del odio que les profesa la opinión pública. Por supuesto, el equipo negociador en La Habana tuvo su aporte en ello. Además, el amplio apoyo de la comunidad internacional al “proceso de paz” —gracias al trabajo diplomático del Gobierno— acalló muchas voces críticas al respecto.

 

La elaborada refrendación de los acuerdos aprobada en el Congreso abrió espacios legales con suficiente legitimidad para que quienes se opongan a ellos tengan que sufragar para competir con quienes los apoyen. Así, será fácil alcanzar el umbral mínimo requerido del 25% para ganar con el 13. Por su parte, el acuerdo de justicia tiene el diseño apropiado para evitar impunidad, contrariando críticas como las del fanático procurador y la cacareada oposición del uribismo.

Al equilibrio se llegó con el acuerdo de justicia diseñado por el Gobierno para agentes del Estado —léase militares—, puesto que las “manzanas podridas” son tan numerosas que quienes pretenden minimizarlas —activos y retirados— aplaudieron al unísono al presidente en la ceremonia de fin de año en la Escuela Militar José María Córdova. Y, por si hay alguna duda de los aciertos del equilibrista, los acuerdos de justicia se extendieron a los civiles contaminados con la guerra.

Pero la culminación del exitoso vaivén alcanzado por el equilibrista fue la “solución” al destape de los nuevos escándalos provocados por la Policía Nacional en su larga condición de “rueda suelta” institucional sin correctivos. Esa supuesta solución fue el statu quo para los implicados —comenzando por su Director General— tras una etérea comisión, lo que evitó un eventual resbalón al final de la cuerda floja, permitiendo cerrar con broche de oro la visión presidencial de quedar bien con todo mundo.

No obstante, hubo un amago de traspiés en el éxito del equilibrista, provocado por el desafinado neo-caudillo con sus críticas —atendidas ahora sólo por la copiosa extrema derecha—, al afirmar que el Gobierno igualó, en materia de justicia, a “nuestros héroes con los narcoterroristas de la Far”.

El inicio de este año, con perspectivas halagüeñas para el “proceso de paz”, impensables hace pocos meses (con excepción del demorado comienzo con el del Eln), deja entrever sin embargo un trasfondo oscuro. Se trata de que Santos nunca aplicó sus equilibrios al manejo de la economía, pues el recalcitrante neoliberalismo de muchos años prosiguió su marcha.

El impacto de sucesivos errores oficiales en el manejo macroeconómico (hoy son claros los de la última década) los sufrirá la numerosa población excluida, al aumentarse el desempleo y sobre todo el subempleo mediante el “rebusque”, que es el mayor de la región. La tan mentada reforma tributaria estructural —que sigue pendiente— será un chorro de babas adicional a los que ya se han visto en el manejo oficial de la economía.

Por su parte, las poblaciones de las comarcas abandonadas por los gobiernos —en particular en las fronteras— lucharán para que los positivos acuerdos de reivindicación rural alcanzados en La Habana las incluyan. Lo que se vio tras la decisión del chavismo de cerrar la frontera fue tan sólo una muestra de esa tragedia silenciosa. Queda por ver, también, si el Gobierno decide frenar la depredación ambiental de la minería en esas regiones, junto con la deforestación.

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