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Ideologías y religiones

06 de diciembre de 2015 - 11:23 p. m.

Una discusión académica destacada en los años 60 del siglo pasado fue sobre la forma de eliminar las ideologías del pensamiento científico.

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 La anhelada “neutralidad valorativa” culminó con la imposibilidad de lograrla. La conclusión fue que toda interpretación de la realidad –así fuese científica– tenía contenidos ideológicos. Había que cumplir, eso sí, con parámetros que validaran como científicas las investigaciones, como la objetividad y el rigor teórico y metodológico. Las diferencias en las interpretaciones de la realidad mostraron tales hechos.

En el transcurso de la historia, el sumun ideológico se alcanzó con la aparición de las religiones monoteístas. Su competencia por imponer al verdadero dios, entre judíos, cristianos y musulmanes, derivó en guerras religiosas articuladas con la política. Ninguna de esas religiones está exenta de atrocidades, respaldadas por interpretaciones de textos sagrados. Sus numerosas sectas compiten por imponer sus ideologías. El episodio centrado hoy en el Medio Oriente –con implicaciones planetarias– es consecuencia de arbitrariedades de vieja data por parte de las supuestas víctimas de ahora.

Con el advenimiento de las democracias liberales, a partir de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, se trató de limar asperezas, aunque los imperios con que se cruzaron buscaron imponer sus religiones. La búsqueda de separación entre las iglesias y los Estados no logró imponerse, pues las religiones terminaron permeándolos. Basta mirar nuestra simbólica basílica del Voto Nacional en Bogotá y la multitud de días festivos nacionales con celebraciones religiosas. Pero también hay invocación a figuras religiosas con fines criminales, como la conocida Virgen de los sicarios.

La Constitución de 1991 pretendió liberar el lastre confesional que tenía la de 1886, pero sus libertades abrieron la puerta para que multitud de sectas cristianas que emergían entraran sin obstáculos a expoliar a pobres y marginados abandonados por el Estado. El alejamiento de la Iglesia católica por parte de sectores populares, motivado por sus visiones excluyentes, la debilitó y contribuyó a su reducción de feligreses.

Pero las ideologías van mucho más allá de las religiones, aunque éstas han marcado la pauta, además de que se entrecruzan con la política y sus innumerables vicios. Por eso pululan campañas políticas de figuras corruptas que se escudan tras las numerosas sectas de cristianos. De ahí que la única separación efectiva entre el Estado y las religiones sea –de manera contradictoria– la exención de impuestos a tales organizaciones, lo que ayuda a su enriquecimiento fácil esquilmando a los creyentes.

Dada la colcha de retazos en que se convirtió el régimen impositivo del país y la consecuente necesidad de una reforma estructural a fondo –sobre todo en medio de la actual crisis económica–, cabría imponer sin ambages tributaciones a todas las iglesias, sin excepción alguna.

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