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La Colombia desconocida

17 de noviembre de 2014 - 07:52 p. m.

Aunque se sabe desde hace mucho tiempo, bien vale la pena —literalmente— recordarlo.

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En un viaje de más de un mes, desde Canadá hacia el sur del Pacífico, cruzando el Cabo de Hornos hacia el Atlántico y terminando en Buenos Aires, el único país no mencionado fue Colombia.

Con 18 paradas en puertos de Canadá, Estados Unidos, México, Nicaragua, Costa Rica, Ecuador, Perú, Chile, Malvinas, Uruguay y Argentina, contemplando belleza, prosperidad y amplios puertos, pero también varios de ellos sin muelles y con visible pobreza, el barco pasó de largo y lejos de las hermosas costas colombianas. Pudo apreciarse, entonces, que pesaron más la miseria, el horripilante puerto de Buenaventura y la ausencia de alicientes para recibir a más de 1.200 turistas de decenas de países de los cinco continentes en un litoral abandonado por centurias, a excepción de su apropiación por parte de bandas criminales en las últimas décadas.

En las noticias a bordo, y en los canales que tenía la TV del barco, nuestro país no existía. Incluso, canales de retransmisión —como FOX y la BBC— en el espacio destinado al estado del tiempo, saltaban sobre Colombia en el mapa al indicar las temperaturas de ciudades de Suramérica y Centroamérica.

En este ambiente, en el que Colombia no existía, en las comidas colectivas eran frecuentes las preguntas de un disímil grupo de turistas trotamundos de diversos países que, luego de saber la nacionalidad de los pocos colombianos que estábamos a bordo, indagaban sobre los datos más elementales acerca de un país desconocido: ¿dónde queda?, ¿qué tan grande es?, ¿hay democracia?, ¿tiene ciudades?, qué idioma hablan?… Sólo unos pocos conocían Cartagena, porque habían pasado por allí en algún crucero anterior.

No hay duda de que el ensimismamiento de mirarse el ombligo por parte de gobiernos pasados y recientes no sólo se paga con dolorosos fallos como el de La Haya sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia, sino también con la “inexistencia” del país en un mundo en pleno siglo XXI y en medio del auge globalizador.

No es, por supuesto, un asunto de propaganda como “Colombia es pasión”, llena de maquillajes artificiosos, sino de poner los pies sobre la realidad nacional y comenzar a reconstruir —de adentro hacia afuera— un país descoyuntado en términos geográficos, económicos, políticos y culturales, sin aspavientos y mensajes para la galería.

Este objetivo haría parte de la búsqueda de unidad nacional y de integración del Pacífico, sin nacionalismos patrioteros y reaccionarios, con miras —incluso— a ambientar la culminación exitosa del conflicto armado interno y economizarle a la sociedad dolores de cabeza innecesarios en el futuro poco claro que se vislumbra.

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