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Ciro & todos

05 de febrero de 2018 - 09:00 p. m.

Sí, todos: los mal llamados buenos, los cómplices y los impasibles. Todos tenemos velas, culpas y silencios. Comienzo por mí; y los del chingón y la metralleta, la curul inútil y la toga corrupta; el maestro que salva y el cura que abusa; el político farsante, el artista valiente y el cobarde sin bandera; filósofos, usureros, médicos y embaucadores; y los devotos del odio. Todos; temerosos, genios egoístas y sabios generosos; los vendedores de mentiras y los compradores de farsas y matoneos.

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Todos deberíamos pedirle perdón a Ciro Galindo, por los 65 años de guerra que lleva en el bolsillo; por sus muertos que no volverán; por cada desplazamiento, cada pérdida, cada abandono grabado en sus ojos y en su piel.

Ciro nació en Coyaima, Tolima; un pueblo liberal destrozado por la violencia. En La Macarena enterró a su primer hijo, en un ataúd amarrado con nudos y cuerdas amarillas; al segundo, la guerra le robó la infancia, la risa y la vida. Ciro esperó siete años por una casa y Elkin (“Memín, el niño de la selva”, alias Albeiro Córdoba) desertó, delató y fue asesinado, y esperó un año para tener una lápida en el cementerio. Y a la mujer de Ciro —aquella con facciones de ausencia acumulada— la mató algo más doloroso que las balas: hace ocho años, Anita se murió de tristeza.

Ciro y su familia han pasado la vida huyendo de la guerra, de las promesas incumplidas, del reclutamiento forzado y las amenazas de uniformados legales e ilegales; lo casi milagroso es que Ciro no está derrotado ni sabe odiar. Tiene la expresión de quien lo ha perdido casi todo, excepto la esperanza de vivir en paz.

“La muerte nos había unido de por vida”, dice Miguel Salazar, cuando su película Ciro & yo lleva apenas seis minutos 16 segundos en la pantalla. Ahí queda dicho todo. Ahí se explican los 20 años de cercanía entre el director y el protagonista de un documental que todos los colombianos de 12 a 100 años deberíamos ver, sentir y pensar. Y luego, actuar en consecuencia.

Ciro & yo (entendiendo por “yo” los “todos” del primer párrafo) es una de las obras más duras y más necesarias, más reales, conmovedoras y comprometedoras que uno pueda ver.

Ciro es un hombre de verdad, de vida y muerte, de abandonos y encuentros; no está hecho de retazos, de manipulaciones ni sensacionalismos. Es un hombre al que yo quisiera abrazar y pedirle perdón.

“La gente de la ciudad no volvió al campo y la del campo llegó a la ciudad desplazada por la violencia”, dice Miguel. Seis millones de ciros entre 1985 y el 2012. El bloque Centauros de las Auc, la 7ª brigada del Ejército, el comandante John 40, el frente 43 de las Farc… odiados y unidos por la estupidez de la guerra; un monstruo que asfixió a la familia de Ciro en Villavicencio, en La Macarena, Bogotá, San Martín y Guayabetal…

Sin embargo Ciro, con su mirada fija —triste, pero aún posible—, tiene la fuerza del río; construye con su único hijo sobreviviente una balsa de maderos y, como buen artesano de la paz, empieza a remar, y mientras rema y avanza, sonríe.

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Gracias a Miguel Salazar, brillante y valiente director, y a Diego Narciso, impecable editor conceptual. Gracias a Ciro y a Esnéider por seguir vivos y hacer que uno sienta la absoluta necesidad de subir a esa balsa y ayudar a remar.

ariasgloria@hotmail.com

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