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Ojalá

25 de junio de 2018 - 09:30 p. m.

Bueno, regular o malo, Iván Duque será el próximo presidente de Colombia. Si ganó por miedo, convicción o engaños, nada que hacer. Más de 10’300.000 electores votaron por él, y cerca de 8’900.000 le dijimos no, gracias. Son cifras muy grandes, que nos deben hacer pensar en términos de gobernabilidad y de ascendencia en los colombianos.

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Esos votos, a uno y otro lado de las “aguas turbulentas”, equivalen a un país fuertemente dividido; un país proclive a la polarización, a los palos en la rueda, amenazas y mordazas; un país sumergido en la tórpida relación opresión-sumisión, en medio de una gran dificultad para construir confianza.

Y precisamente lo serio y valioso de la confianza es que no se construye por decreto ni por mayorías. Es incompatible con la violencia física o verbal; no crece por generación espontánea entre el dolor y la venganza; ni en las hogueras de libros, y mucho menos en el ropero de los lobos con piel de oveja.

La confianza se teje y se merece, a partir de actuar con verdad y coherencia. Dos cualidades —o sustantivos abstractos— que quisiéramos sentir no tan abstractos en el presidente electo. (A propósito: dije “electo”; no olvidar que el presidente en ejercicio es Santos, y hasta el 7 de agosto, lo correcto sería dejarlo gobernar).

Pero bueno, en aras de la concordia, démosle a Duque el beneficio de la duda; intentemos creer la parte armónica de sus palabras; haciendo un inmenso esfuerzo, imaginemos que el retorno del Centro Democrático a la Presidencia de Colombia no tiene que ser necesariamente la “crónica de una tragedia anunciada”.

Hagamos el intento; pero exijámosle al ungido del uribismo que empiece él mismo por creerse sus promesas y obrar en consecuencia; no en obsecuencia con Uribe.

Por ejemplo, es contradictorio repetir que no va a hacer trizas los acuerdos de paz pero, a los dos días de ser elegido, tener al Congreso aplazando lo inaplazable respecto a la reglamentación de la JEP. ¿Cómo afirmar lo primero, y simultáneamente propiciar/acordar/respaldar la infausta posición de su bancada en el Congreso?

Si Duque realmente no quiere que lo veamos a él como el clon joven y bilingüe de Uribe, pues deberá hacer (no solo decir) cosas que lo diferencien de su mentor. Empezar esa diferenciación con una cachetada a la JEP es hacerle venias al innombrable, y volver aún más gaseosa su (suya, de Duque) precaria autonomía.

No soy la llamada a explicar por qué el argumento expuesto por el ungido para torpedear la JEP es traído de los cabellos. Ya la Corte y juristas de la talla de Rodrigo Uprimny contestaron la duda. Óiganlos, y sientan miedo o felicidad, porque en Colombia hay instancias y personas valientes, preparadas y con la conciencia limpia, que no están dispuestas a tragar entero, ni a dejar que nos apachurren las neuronas con los artilugios del oscurantismo.

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Ojalá Duque nos demuestre a quienes no lo elegimos que él es él y nosotros estamos en un error; que los muertos resucitaron, los desaparecidos aparecieron y los corruptos fueron una pesadilla transitoria; que una cosa es Uribe, y otra, Iván. Pero qué hacemos, ¡si la memoria no es gratis!

Ojalá estemos equivocados. Y ojalá sigamos vivos, para darnos cuenta.

ariasgloria@hotmail.com

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