Estos días de confinamiento deben tomarse con el sentido, dimensión y proyección que les corresponde. Nacen de la urgencia de contener un mal mayor que, a un ritmo desbocado, ha ido contaminando la salud física y emocional de más de 140 países.
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Todo nos conecta, nos encuentra, nos respira en la inmediatez de un tiempo y un espacio que se vuelven cada instante más próximos y relativos. En segundos se cae un puente, se abre una ventana o estalla una guerra, porque el aleteo de una mariposa tiene la potestad de estremecer el planeta; en pocas horas un avión nos cambia de continente y la velocidad interna y externa de lo que pensamos, hacemos, perdemos o aprendemos es tan vertiginosa, que así de vertiginosas se vuelven las enfermedades, y la posibilidad, el mandato ético, de actuar, proteger y vivir.
Con un clic se compran diamantes, ataúdes, sexo de mentiras, parcelas en la Luna y comida para perros. Con dos clics nos muestran cómo se arman bombas y cómo se desarman vidas. Podemos ver en tiempo real los naufragios en Lampedusa, el bautizo de un principito inglés o la ejecución de un condenado a muerte. Nos separan los fanatismos, la indolencia, los odios aprendidos o heredados, pero a 30.000 pies de altura se atraviesan miles de kilómetros mientras se ve una película y sirven un pedazo de carne de cartón. Y así, en el abrigo que alguien se puso en Madrid, viaja el virus que llega a Tailandia, a Chile o al Big Ben. Hasta hace unas pocas semanas, pandemias y cuarentenas eran palabras exóticas como traídas del Medioevo o de la ciencia ficción. Pues tuvimos que aprender a convivir con ellas, y ahora nos corresponde no morir en el intento; encontrar el equilibrio entre reconocer el riesgo y su importancia, sin caer en el extremo de fallecer no de infección, sino de pánico.
Otra responsabilidad que nos atañe directamente es la de entender que estar en confinamiento físico no significa estar en confinamiento mental. Con sobrada razón la pandemia nos ruega no salir a la calle para no convertirnos en multiplicadores de riesgo; y en simultánea nacional la conciencia nos pide no olvidar, ni disimular ni ignorar las cosas graves que antes, en y después del virus, pasan en nuestro país. La buena noticia es que, al tener más de una neurona despierta, podemos hacer ambas cosas: cumplirles a la urgencia epidemiológica y a la gravedad social y política, esa que nos cuesta más vidas (y más muertes) que la pandemia.
Y juguemos un rato a la sensatez: ni Duque se inventó el virus para que dejáramos de pensar en su incompetencia y en sus ñeñeamigos; ni somos tan lerdos como algunos creen, y entre fiebre y cuarentena no podrán hacer con nosotros lo que se les dé la gana, ni podrán acabar con la promesa de paz, con las cortes y la democracia.
Ojalá en estos días tan distintos de todo nos llenemos de valor para ser lo que una vez nos prometimos ser; nos sintamos responsables por cada bala, por cada tristeza y cada ausencia que no supimos detener, y comprendamos que nuestros principales males no vienen de Wuhan, sino de una extraña costumbre de asustarnos con la esperanza y defraudar las utopías.
Mientras unos trabajan en la vacuna contra la infección coronada, otros buscarán subsanar el desplome de la economía; y muchos seguiremos intentando curar, una a una, las moléculas de paz y confianza que por nada del mundo nos podrán arrebatar.