“Vamos a reconectar la confianza con la política” dijo hace poco el candidato liberal que desarmó a las Farc y reconectó a Colombia con la paz. En cualquier país normal, ésta sería la mejor carta de presentación para llegar a la Presidencia. Reconectarnos implica pensarnos en función de los otros; quitarnos la gabardina del egoísmo, mirar en plural y actuar con sensatez social. Me gusta la opción de volver a confiar; reconectarnos con la vida en positivo; con el esfuerzo encaminado al optimismo y no al odio; con la honestidad de pensamiento, acción y visión, y eso es De la Calle.
Pero aquí somos atávicos, y a pesar de todo, los mesías victimarios y los populistas victimizados siguen teniendo adeptos. Como si no supiéramos que, en las tablas y en la vida, el mundo clama por un trozo de paz.
Y hablo de las tablas, porque en medio de la presión electoral y la angustia por el futuro de Colombia aparece como el ave fénix el Festival de Teatro.
Se mezclan campañas y campanas; discursos que convencen, otros que engañan y dramaturgias que conmueven; realidad y ficción, reflejos de la vida y muerte de un montón de siglos sin resolver. Tantas miradas, tantos motivos para levantarnos y preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar… No solo de pan vive el hombre, y el hambre del alma duele en la boca del corazón.
Los camerinos se llenan de adrenalina, ejercicios y maquillaje; y —a su estilo— las sedes políticas también. Cada quien tiene su historia y sus motivos; sus motores de reflexión y de beligerancia; de vergüenza, corrupción o convicción. Como un Babel del siglo XXI, se cruzan las lenguas del engaño, el delirio y la sensatez; uno ya sabe a quién le interesa el país y a quién el poder. Hay una jauría de ofensas y mentiras, y mientras tanto, cruza por ahí la memoria —encorvada por la muerte— vestida de luto y misericordia; o altiva, manipulada por el odio y la venganza. Se enfrentan los resentimientos antagónicos, y mientras intentan vendarnos los ojos, el miedo levanta su andamio.
Con distintos lenguajes, formatos y texturas, el Festival nos recuerda que el mundo no se limita a las cuatro paredes que nos rodean; que más allá de nuestras coordenadas, existen otro dolor, otra rabia y otra euforia; más temores, más amantes inconclusos, ecuaciones para el exilio y torrentes de incomprensión. Y por encima de cualquier color —en cualquier idioma y con cualquier bandera—, que todo aquello que surja y muera inmerso en la violencia, llega al mundo o sale de él, contaminado por el fracaso y el absurdo, bebiendo gota a gota sus propias y letales dosis de soledad.
No es por coincidencia que la guerra y sus miserias caminan por muchas de las obras del Festival: es una expresión de la conciencia, que no se resigna a seguir viendo rostros de niños en medio de bombardeos; fragmentos humanos, silencios sordos por la explosión, huérfanos que empuñan armas y muñecas que se rompen antes de llegar al manicomio o al cementerio.
Y vuelvo al principio: a la urgencia de reconectarnos con un país sin miedo. Nadie puede obligarnos a sucumbir en la perversión de los extremos; y todavía es tiempo de demostrar que somos más —mucho más— que un manojo de resignación.
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