“En mi tierra la violencia llegaba en forma de cartas. Era un contacto cercano y lejano, hasta que un día nos levantamos con muertos. Yo nunca había visto un muerto”. Así, con la complicidad de una guitarra y una falda de pepas y boleros, @AdrianaLucía contó cómo descubrió la guerra. La violencia se paseaba a orillas del Sinú, y ella no tenía claro que esos primeros cuerpos inmóviles, que le sorprendieron la inocencia, eran parte de un conflicto armado que nos costó ocho millones de víctimas.
A 11.654 kilómetros de distancia, en Sudán del Sur, el niño soldado @EmmanuelJAL veía cómo cientos de pequeños combatientes morían de hambre o de balas, o porque decidían ahorcarse, como muñecos sin infancia. Corazón del África, en los años 80. Suicidios por soledad, miedo y tristeza; en cualquier época y latitud, así de horribles son las guerras.
Creo que Emmanuel y Adriana Lucía nunca se han visto; ambos tienen la voz y el alma en clave de paz; ambos decidieron que la música sería su herramienta contra la violencia, para que nunca más otros niños tuvieran que sentir la muerte en la puerta de sus ojos. Así como la guerra mata, el arte cura, abraza y crea hilos conductores invisibles y poderosos para acercar a los seres humanos y no romperse en el intento.
Por algo y para algo, Emmanuel había sobrevivido comiendo las moscas que volaban sobre su cara; tuvo la luz suficiente para confiar en él mismo y decidir que ante la barbarie y el dolor, él sería parte de la solución. Aprendió y enseñó a encontrar comida entre los matorrales imposibles, y soñó con ser médico, músico o piloto de avión de algún país rico, para llevarle comida a los niños pobres. Hoy, como un adorable cantante y embajador de paz, lleva su mensaje de resiliencia por todos los rincones del mundo.
Algo en él irradia alegría y una desbordante vitalidad. Y al mismo tiempo, en sus intensos ojos negros brillan sin rencor y con urgencia, la memoria de la destrucción, y un rotundo “nunca más”.
Volvamos a Adriana Lucía; hoy aquí, en nuestro país dual y tantas veces incomprensible, mientras los jóvenes y los pacifistas la aplauden y le agradecen cada una de sus notas por la no violencia, algunas empresas le cierran las puertas, porque esto de jugársela por la paz es una osadía mal vista en medio de la penumbra.
Conocí a ambos artistas el mismo día, a cada uno en un foro distinto: Emmanuel vino por invitación de @OIMCol (Organización Internacional para las Migraciones) y @USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), al evento sobre reintegración y prevención del reclutamiento; ahí, junto a los expositores de Sierra Leona, Caquetá, Villavicencio, Caloto, comunas de Medellín, Bélgica, Buenaventura y Bogotá, dejaron claras tres cosas: sí es posible recomenzar; los entornos protectores, salvan; y la ausencia de Estado ha tenido desde siempre, una inmensa responsabilidad en la génesis y cronicidad de nuestros conflictos.
Por la tarde, en el encuentro de Colombia 2020 de El Espectador, Adriana Lucía contó su historia; excombatientes de las Auc y de las Farc fueron testimonio de reconciliación; las versiones acomodadas del gobierno se estrellaron nuevamente contra la realidad de los territorios, y la Verdad con mayúscula llegó de la mano de esa hermosura de ser humano llamado Pacho de Roux.
Cada minuto de ese día fue un pequeño gran triunfo de la paz. Así como lo fue -este último jueves de enero en el teatro más bello de Cartagena- un emocionante y significativo minuto de ovación de pie, tributo de admiración y gratitud a Juan Manuel Santos, el presidente de la paz.
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