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Pudor hipócrita en la segunda vuelta

05 de junio de 2018 - 07:15 a. m.

La primera vuelta ya cumplió su propósito de reducir la lista de candidatos, y dejó en carrera a los dos primeros en la preferencia electoral: Iván Duque y Gustavo Petro. Sin embargo, por culpa de la animadversión a la política, ahora se le atraviesan palos al mecanismo de la segunda vuelta. Se le impide que funcione para que los proyectos que no alcanzaron a llegar directamente a la etapa final de la contienda tengan un grado importante de representatividad los próximos cuatro años.

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Por ejemplo, con desfachatada exageración, algunos analistas describieron una eventual alianza entre la campaña de Gustavo Petro y la Coalición Colombia (Alianza Verde, Polo Democrático Alternativo y Compromiso Ciudadano) en un marco similar al del Frente Nacional. No es menos que ridícula semejante comparación. Mientras el Frente Nacional representó una repartición del poder, que debilitó la oposición en un contexto bipartidista, el sistema actual de dos vueltas se da en un contexto multipartidista. Se avanza en la primera ronda con la identificación de las preferencias fuertes de los electores, y luego se permite que las propuestas perdedoras influyan en las campañas ganadoras. Se limitan así los alcances de las victorias, que podrían llevar a una concentración indeseable de poder, y se evita que la derrota de otras propuestas sea sepulcral. Los planes que ocupan el tercer o cuarto lugar mantienen algún grado de influencia de gobierno, que se suma a la influencia que pueden ejercer sus proponentes desde el Congreso. Y la oposición se mantiene. Es así que se garantizan los pesos y contrapesos de la democracia.

El discurso de rechazo a la politiquería se ha convertido en un discurso de rechazo al ejercicio político democrático. Ahora resulta que la honestidad política es sinónimo de inflexibilidad. A los candidatos de terquedad extrema, solo les sirven las alianzas programáticas si se hacen alrededor de ellos como ganadores. En campaña, o cuando ganan, convocan a “todos y todas”, y los invitan a ser parte de su plataforma. Si pierden, se declaran independientes y ajenos a las alternativas. Es decir, no son capaces de buscar puntos de encuentro con las otras propuestas, pero sí demandan que los demás se ajusten a su visión. Se siente un tufillo de mesianismo.

El pudor hipócrita de algunos puede llevar a acuerdos futuros por debajo de la mesa. Terminan siendo preferibles los apoyos explícitos y transparentes -incluso si parecen ilógicos- que las posiciones aparentemente impolutas. Los políticos que declaran desde ya sus acuerdos con Duque o con Petro por lo menos asumen los costos políticos respectivos.

Si aquellos que votamos por Fajardo, Vargas Lleras o De la Calle votamos ahora en blanco, no cambiamos nada en Duque o en Petro, pero sí ratificamos en segunda vuelta el resultado ganador de la primera. Si eso es lo que queremos, perfecto, pero que se diga así. Ya Duque garantizó una ventaja de más de 2,7 millones de votos sobre Petro. Y “esto no es una encuesta”, como cuando decimos “esto no es un simulacro”.

Quedan unos días para revisar cuál de los planes -el de Duque o el de Petro- es más consistente con el proyecto que usted apoyó inicialmente. El voto en blanco en segunda vuelta es un voto fácil, sin compromiso, y que me recuerda que “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”. Voté por De la Calle en la primera. La opción más parecida en la segunda es Petro.

Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/

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