En estos días ha habido una polémica en torno al Centro Nacional de Memoria Histórica, que dirige Darío Acevedo. Aseguran contradictores que uno de los papeles que cumple el citado historiador es “revisar” algunas palabras incómodas para el Gobierno. Dicen que términos como “conflicto armado”, “creación de paramilitarismo”, “falsos positivos”, “connivencia del Estado con los paras”, entre otros, serán sacados de los textos que narran la historia del conflicto. Qué digo “conflicto”: de ese “algo” que vivió este país, más o menos desde los años 60, pero que según el lenguaje oficial, a partir de ahora, no ocurrió.
Un poco como si se quisiera seguir la huella de George Orwell en su novela 1984, donde la gente simplemente era “vaporizada” y nunca existió, o donde la policía era dueña hasta del pensamiento de la gente, aquí, dicen, se pretende hacer creer que nunca ha pasado nada.
Siguiendo a Orwell, parece que se quisiera establecer una “neolengua” y a lo máximo que se llegó, y es lo que nos han querido hacer creer hace un tiempo, es que en Colombia solamente hubo una “amenaza terrorista”, y hago caer en la cuenta del término “amenaza”, porque al decir o sugerir de muchos ni siquiera alcanzó a materializarse. Por ejemplo, fueron solo “amenazas” lo ocurrido en Machuca y en Bojayá, y también las masacres de Trujillo y de El Salado, parecen sugerir. Difícil hacerlo entender a los deudos, pero bueno….
Finalmente, quien busca el poder no solo quiere adueñarse de la burocracia, de los contratos, de las licencias, sino que le interesa más apropiarse de un discurso, de una narrativa oficial. El poder del discurso. Y entonces, desde ahí, hacer caer en la cuenta de que en efecto en Colombia no ha pasado nada: desde los tales paros que no existían para el presidente aquel, ni tampoco desplazados (“migrantes internos”, según un senador). Bueno, desde los grupos subversivos también aprendieron algo: por ejemplo, no tuvieron secuestrados, sino “retenidos” que aparecían luego de sus “pescas milagrosas”. Las páginas de nuestra historia están pobladas de eufemismos.
Yo también quisiera plegarme a ese lenguaje oficial, a esa “neolengua orwelliana” y afirmar que, de veras, aquí en Colombia hemos sido “la democracia más sólida de América Latina”. Y somos “el país más feliz del mundo”. Y que el resto es “carreta”.
Y en efecto aquí no ha pasado nada de nada. Una mirada somera de nuestros últimos años, por ejemplo, termina dando la razón a los “revisionistas” de la historia:
En el gobierno Gaviria hubo connivencia entre el Estado y los narcos para acabar con Pablo Escobar y vivimos apagones que trastornaron hasta la vida de las gallinas, pero luego (con los responsables) no pasó nada.
En el gobierno Samper se demostró que los narcos patrocinaron la campaña presidencial y (con los responsables) no pasó nada.
En el gobierno (¿?) Pastrana se robaron los bancos, hubo cientos de escándalos de corrupción de su círculo más cercano, y (con los responsables) no pasó nada.
En el de Uribe se robaron Reficar, les entregaron los subsidios a las familias terratenientes más poderosas que a su vez patrocinaron sus campañas. Se otorgaron notarías para notariar reelecciones, los hijos del presidente se enriquecieron a punta de dudosas zonas francas… sus alfiles se reunían con los Odebrecht, y (con los responsables) no pasó nada.
En el gobierno Santos se derrumbaron puentes, se derramaron “mermeladas”, hubo reuniones de Odebrechts… y (con los responsables) no pasó nada.
Cuando se estuvo a punto de pasar, el fiscal Neira (quizás el hombre más oscuro y sinuoso de este país) desvió investigaciones, murieron sus principales testigos, y (con este responsable) no pasó nada).
En el gobierno Duque (o Uribe III) volvieron los falsos positivos, mataron a Dimar Torres y a cientos de desmovilizados de las antiguas Farc, bombardearon un campamento donde se dio alerta que había menores de edad, y (con los responsables) no ha pasado nada.
En efecto, pasan y pasan los gobiernos, a un escándalo lo sucede uno mayor, pero aquí no pasa nada.
Así que no sé para qué tanta alharaca porque a un gris funcionario, aupado por un grupo político, se le ocurre decir que hay que cambiar las narrativas. Y en efecto, en Colombia nos matamos por miles, nos roban por cien miles, pero seguimos tan tranquilos esperando a ver cuál es el nuevo escándalo, la nueva orgía de sangre, la nueva denuncia contra el gobernador o el senador X…
O, en el peor de los casos, esperando por el nuevo capítulo de la repetida novela, o esperando a ver si por fin Zidane -que al parecer nada más tiene por pensar- incluye a James en la convocatoria y entonces sigamos diciéndole “calvo hp”, porque aquí lo único que nos importa, parece, es el fútbol, el reguetón y las narconovelas.
En efecto, aquí no pasa nada. Pero en algún momento nos cansaremos de que nada pase. Quizás eso pensaron hasta hace unos días en Ecuador, en Chile, en Bolivia. Y ya vemos lo que allá está pasando.
Tocará entonces salir a marchar el 21, a ver si de pronto empieza a pasar algo en Colombia.