El eslogan se repite: «hay que recuperar el centro”. Se escucha cada cuatro años: es una de las fórmulas fáciles y atractivas para concitar el interés de votantes, en especial de muchos románticos que siguen creyendo en el centro como el lugar amado. Y el lugar a amar por siempre.
Porque también la frase fácil, el “lugar común”, dice que el centro es “un atracadero”; sitio de tacos y de trancones; un centro asociado a licor adulterado; a puticas y mariguanos; Y un muy largo etcétera.
Y sin embargo, el centro sigue estando en el centro del debate. Porque el centro de las ciudades, más que un espacio geográfico, es ante todo un sitio de emotividades y afectos. Es el referente –quizá el que más– anclado a los recuerdos de casi todos quienes hemos tenido la oportunidad y la fortuna de caminar las ciudades.
Se habla del centro punto de caos y del centro espacio para ahondar en nostalgias, y ambas miradas se complementan. El centro es ambos: lo positivo y lo negativo. El centro de una ciudad es el reflejo de sí misma. En este espacio se resumen sus potencialidades y problemas; sus anhelos y frustraciones. Su pasado, su presente, su futuro.
La ciudad históricamente comienza en el centro. Desde casi siempre, tutelado por un gran templo, un palacio gubernamental, una entidad bancaria, un hotel; con casas de frontis elegantes de alguno de los sobresalientes… un espacio geográfico con ciertas características. Primero fue centro, luego fueron ciudades. Pero muchos que lo mencionan muchas veces ni siquiera lo han recorrido u observado.
Medellín no escapa a esa realidad: una ciudad que a cada tanto quiere recuperar el centro. Y algo se está haciendo. Más allá de los programas de la Administración Municipal, algunas entidades comenzaron a fijar sus ojos: la Universidad de Antioquia, la cual nació en el centro, desde hace un par de meses revivió su popular Retreta en el Parque de Bolívar, con presencia del talento musical de agrupaciones universitarias y de la Red de Escuelas de Música de Medellín; también, de la mano del Alma Mater, al centro están llegando Bautizos Botánicos, liderado desde el herbario de esta universidad.
El Teatro Pablo Tobón Uribe comienza a poner en escena su aporte: durante los últimos meses promovió sus Lunes de ciudad donde propusieron temas desde el plebiscito por la paz hasta la contaminación ambiental del Valle de Aburrá; este teatro, que poco a poco es más que un teatro, también invita ocasionalmente a Caminá pal Centro.
El periódico alternativo Universo Centro desde sus páginas cada mes propone una mirada amplia sobre este sitio, precisamente donde nació y donde tiene su asiento, y ha trascendido el esfuerzo periodístico para realizar investigaciones históricas y promueve recorridos por este espacio de la ciudad. El Metro de Medellín, en 2016, adelantó el ciclo Tertulias sobre rieles en bares y cafés cercanos al nuevo corredor del tranvía, buscando construir memoria y tejido social en esta céntrica avenida.
Todas estas son propuestas que van más allá de lo gubernamental, pues la Administración, desde su Gerencia del centro, destina recursos y propuestas para “recuperarlo” una vez más. Sin embargo, el centro –dado su carácter aglutinador, ser referente de identidad de esta ciudad, su posibilidad de encuentro– debe dolernos a todos. El centro requiere de nuevo propuestas urbanísticas para volver a traer los habitantes al centro; el centro hay que poblarlo más que proponerlo como sitio de paso: cuando lo volvamos un vividero y haya más habitantes que transeúntes ocasionales dejará de ser atractivo para la criminalidad, los abusadores del espacio público, los acaparadores inmobiliarios.
La gente volverá a tener gusto “por bajar al centro”, cuando trascienda los eslóganes y se convierta en una apuesta política de largo aliento y, mediante la promoción permanente de actividades cívicas, culturales, políticas, religiosas, se torne en una fiesta de encuentro de esta ciudad. Aplica para Medellín que está en “el centro de mi alma”. Aplica para todas.