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Elogio de la montada en bus

07 de abril de 2016 - 02:51 p. m.

Pregunto por mi compañera de trabajo y me dicen que no está. Son las ocho de una mañana soleada y me informan que llega despuesito de las nueve, que tiene Pico y Placa.

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Y entonces, si todo quien tiene carro simplemente aplaza su salida de casa, ¿la medida sí es efectiva? Luego, algún compañero de trabajo me dice que a ella no le gusta andar en bus. Pienso que ella se lo pierde.

Es que más allá de ganancias ambientales o de movilidad, andar en bus urbano es de las experiencias más agradables y enriquecedoras de estos tiempos. Es cuestión de aguzar los sentidos mientras el vehículo va devorando asfalto para descubrir que en ese breve espacio puede estar resumido gran parte de lo que somos o de lo que necesitamos. El bus urbano es un universo a escala de estos tiempos y un buen espacio para conocernos y entendernos como seres, como sociedad. El bus urbano es una pequeña escuela rodante.

Porque claro, te montas en un bus y alcanzas a descubrir la belleza de tu ciudad. Te das una cátedra de geografía urbana y alcanzas a notar el crecimiento de una urbe que se estira hacia la periferia o que sigue insobornable buscando el firmamento. Pero hay más.

Te subís a un carro y desde la misma entrada ya tienes una clase de Democracia. En el bus caben —cabemos— todos: ricos y pobres; ricospobres, pobresricos; caben los amarillos, los blancos, los negros. Quizás en algunos casos ciertos seres gustan de ocupar determinados asientos, pero en general en ningún bus se indica dónde deben sentarse de acuerdo al color de la piel o al estrato socioeconómico. Incluso cuando vamos de pie, todos tenemos derecho a aferrarnos del tubo para no caernos.

Los buses urbanos son además una eficaz cátedra de relaciones públicas o del manejo adecuado del lenguaje. Comenzando por los estribillos de los conductores: “Córranse pa atrás”, dicen con ese tonito autoritario. “Las tres filitas por el centro si son tan amables”, piden ya más solícitos y amables. “Enderézcalo”, guía a veces un improvisado copiloto o fogonero.

El sentido del oído se deleita con las notas musicales. Si quieres saber cuáles son los ritmos de moda, basta que te subas a un bus y sabrás que el pasacintas siempre está ubicado en la emisora más escuchada y donde programan los últimos hits. Claro, a veces te sorprendes cuando el hombre lleva una emisora de noticias y mientras llegas al trabajo o a la casa, te vas enterando del nuevo escándalo de corrupción -cifra más alta que el anterior por supuesto; cuellos más almidonados que los anteriores; egresados de universidades más prestigiosas que los anteriores-. El bus urbano puede ser una buena guía de conciencia ciudadana. Escuchar todo eso y no querer romper los vidrios a puñetazos ya es una buena lección de tolerancia y autocontrol. (Hablando de buenos modales, algún amigo me dice que lo más duro del viaje en bus es cuando se le vomitan en los pies y tenerse que aguantar el disgusto).

También es una buena clase de Economía. ¿De qué valen los informes de los superministros y los directores de la Bolsa? Te montás en un bus y al momento sabés cómo va el país. En el aliento calientito de tu compañero de banca te enterás de qué ha desayunado: ¿hubo acaso un buen café, un chocolate; hubo jamón serrano; hubo huevos? Basta aguzar el olfato y en ese catálogo de olores —quizá alcance a notar sabores— podés marcarle el pulso a la economía colombiana. A la real, por supuesto. No a la que maquillan de acuerdo a las necesidades del Gobierno de turno. Ahora bien, sucede que no hay algún olor o sabor cercano que delate algo, que informe algo, y de repente ves cómo un muy hábil vendedor se encarama por encima de la registradora y te ofrece la más variada gama de comestibles. Eso claro, luego de decirte que prefieren venderte un dulce a esperarte en una esquina para atracarte, tan considerados. Entonces, tan agradecido terminas por comprarles. La solidaridad humana en su máxima expresión conjugándose con una magistral cátedra sobre el tema del subempleo y el desempleo, más veraz quizá que las mediciones forzadas del Dane.

Ahora bien, hay quienes se quejan de “los trancones”, de “los tacos”. ¡Habráse visto! De repente el carro frena y te brinda la oportunidad de leerte ese libro que llevas en el bolso y que no habías podido volver a hojear debido a compromisos familiares, laborales. Un bus es un espacio privilegiado, con luz natural filtrándose por la ventanilla, sin chicos brincando al lado, sin teléfonos sonando para disfrutar de una buena lectura. El bus definitivamente es una escuela. Y sin embargo, hay quienes se quejan de las medidas gubernamentales que buscan que los disfrutemos.

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